Archivo mensual: febrero 2012

“Un grito solo, desnudo, trágico… se modula solemnemente o se quiebra en mil pequeñas fiestas: el Flamenco (1981)

Que yo recuerde, sólo dos veces, en 40 años de carrera, José se negó a cantar estando anunciado y con el público ya en sus asientos; una fue en Marbella a mediados de los 80 y la otra el 8 de septiembre de 1981 en Moguer (Huelva). En esta ocasión, Pulpón había suscrito un contrato con la Peña Flamenca para dar un recital en su el local social. Como el aforo era muy reducido y el espectáculo limitado a los socios y sus familias, con entrada gratis o a precio simbólico, se les hizo un precio de peña, (cincuenta mil pts. para José y veinte mil para Sousa), muy por debajo de lo que se cobraban por un festival o gala en recinto abierto al público.

Tal como indicaba el contrato, el 8 de septiembre José y Antonio Sousa se presentaron en la Peña Flamenca de Moguer pero allí no había ambiente de recital: sin previo aviso habían organizado el espectáculo en una caseta de feria y habían puesto la entrada a 400 pesetas: “Me quedé de piedra cuando uno muy exaltado me dijo que la actuación no era en la Peña que era en la feria… Tiramos el Sousa, Carrasco y yo pal recinto y lo primero que oí, al que estaba en la puerta vendiendo: ¡Qué cojones tienes: ya llevamos más de 700 vendidas!… El caso es que no me dieron una explicación que se tuviera en pie y les dije que, visto que habían tratado de engañarme, no iba a cantar en esa caseta. Me ofrecieron más dinero pero allí no cantaba ya a ningún precio porque no era cuestión de dinero si no de dignidad… me revienta que intenten engañarme con una rama de olivo, como a los borregos”. No sabemos qué explicación le darían al público para justificar la ausencia de José pero dudo mucho que les dijeran la verdad.

Pulpón opinaba que había que denunciarlos por incumplimiento de contrato pero José se negó; dijo que estaba ya harto de tanto papeleo: “Ya caerán en la cuenta de que no han ido por derecho”… Y lo dejamos ahí pensando que nos llamarían para pedir disculpas. Pero hicieron todo lo contrario al sentido común: lo demandaron ante la Magistratura de Trabajo de Huelva reclamándole daños y perjuicios… Cuando me lo comunicó Pulpón, que era quien había suscrito el contrato y era responsable subsidiario o algo por el estilo, estaba furioso: “eso no es lo peor, es que son tan miserables que han enviado un comunicado a las otras peñas para que no vuelvan a contratar a El Cabrero Y, puede ser casualidad pero, desde entonces, la relación de las peñas onubenses con José ha sido insignificante.

En Magistratura meses más tarde le darían la razón a José en sentencia que desestimaba la demanda y que los aguerridos peñistas recurrieron. También perdieron el recurso. Eso es todo lo que sucedió: un monumento a las buenas maneras y a la coherencia por parte de la directiva de la Peña Flamenca de Moguer, a mi juicio.

Como decía hace poco, no fue aburrido el año 81. Poco después de la actuación frustrada en Moguer nos comunicaron la sentencia del juicio por blasfemia: cinco meses de arresto mayor y cuarenta mil pesetas de multa. Guiote Ordóñez aconsejó recurrirla y eso hicimos. Estábamos a mediados de octubre y José a penas se había podido acercar, en meses, a las cabras. La gira de verano, de cuatro a cinco festivales por semana, fue agotadora: terminaban a altas horas de la madrugada y todos querían dejar a José para el final. Los más largos, el Castillo del Cante de Ojén, que José cerró veintitantas veces en su carrera, y el de la Parpuja de Chiclana; en ambos llegó a subirse al escenario ya con luz del día.

El Castillo del Cante de Ojén era entonces, con la Torre del Cante de Alhaurín, un festival puntero en la provincia de Málaga. Ambos patrocinados por los ayuntamientos y organizados por las peñas flamencas, en este caso “La Churruca”. Un recinto más limitado que el de Alhaurín pero con mucho encanto y un público fiel y entendido en uno de los pueblos más bonitos que conozco, rodeado de monte y a un tiro piedra del mar. Cante de poder a poder en ambos festivales y generalmente los carteles, configurados por auténticos aficionados, desde las peñas, permitían escuchar una gran variedad de estilos en la misma noche. Cierto que algunos cantes como la soleá, los fandangos, la bulería o la seguiriya se repetían a veces pero todos los aficionados sabemos que cualquiera de ellos acusan notables diferencias si son interpretados por Calixto Sánchez o por Chocolate, por poner un ejemplo con dos artistas entonces en activo. Por eso no estoy de acuerdo con quienes, desde los medios, ya a principios de los ochenta, pretendían que los festivales eran monótonos “porque siempre se escuchaban los mismos cantes”.

LUZ DE LUNA, CON PACO DEL GASTOR EN “EL ABANICO” DE CANAL SUR

La relación de los llamados flamencólogos con los festivales tiene mucho de paradoja: Cuando había casi un festival en cada pueblo y en algunos entraban miles de personas iniciaron una campaña de descalificación que, si bien no influyó demasiado en la afición, sí que hizo mella, poco a poco, en muchos alcaldes, más sensibles a las críticas de la prensa que al criterio de los ciudadanos. Y digo que es paradójico porque ahora que los festivales de verano andaluces son historia, los reivindican pero ya no sirve darle palitos a la mula moribunda.

De la campaña mediática contra los festivales hablaré más adelante y con mayor perspectiva porque me parece un tema relevante ya que al calor de la enorme popularidad del flamenco, en los 80, crecieron los flamencólogos como hongos y algunos, tan atrevidos como ignorantes, siguen en activo sin haberse superado del todo.

Ya he dicho que la opinión de los medios tenía muy poca influencia en el respetable, y lo sé por experiencia, por el mucho tiempo y esfuerzo que empeñaron en descalificar a José: primero al cantaor, luego al público que lo aplaudía y finalmente buena parte de su repertorio. A título de ejemplo, Luz de Luna, que grabó ese año con las guitarras de Antonio Sousa y Pepe Habichuela; fue machacada por la crítica y, pese a ello, se hizo imprescindible en todos sus conciertos. Treinta años después sigue siendo el cante más reclamado en los bises”.

Cuando se cumplen ya 10 años de la muerte de Miguel Acal quiero recordar una mañana en que me lo encontré a la entrada de la oficina de Pulpón y hablamos de los festivales y la opinión de la crítica. Miguel era un aficionado de pro; hecho en muchas noches de arte, sabía de flamenco y tenía el mejor programa de cante que recuerdo, Con Sabor Andaluz, en La Voz del Guadalquivir. Ponía la voz en la lectura de los textos Paco Sánchez, que entonces conducía un programa de rock en la misma emisora y es hoy un reconocido maestro de la fotografía flamenca. Soberbio programa de flamenco, con una careta insuperable: “Un grito solo, desnudo, trágico… (seguido de la queja lacerante de Chocolate, por seguiriya) Se modula solemnemente… (Juan Talega, templándose por soleá)… o se quiebra en mil pequeñas fiestas… (Lebrijano por bulerías): esta presentación, por si sola, ya ponía el vello de punta.

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Miguel Acal con Matilde Coral (foto de Paco Sánchez)

Pese a nuestras diferencias, él de derechas y nosotros todo lo contrario, Miguel nunca vetó a José y tuvimos una relación de afecto y respeto hasta su fallecimiento en 2002, que sentí mucho. Esa mañana, hablamos un rato de la incipiente tendencia de la crítica a considerar que los festivales eran demasiado largos, pesados y repetitivos. Se quedó muy pensativo cuando le apunté mi opinión y, como allí había flamencos entrando y saliendo, que se acercaban a saludarnos, quedamos en que le escribiría al respecto: “Vosotros, los que hacéis críticas de flamenco, podéis ver en un año una treintena de festivales, o más. Os tropezáis con los mismos artistas, obviamente, porque las figuras más solicitadas por su tirón popular no pasan nunca de media docena y festivales hay más de cien. Es lógico, por mucha afición que se atesore, que os resulte repetitivo pero para los aficionados locales, que esperan su festival durante todo un año, la cosa cambia y viven ese encuentro con el cante de manera muy diferente a vosotros; es la fiesta flamenca de su pueblo y no les importa dedicarle toda la noche, la prueba es que, cuando se queda para el final un artista de fuste, el público sigue en sus asientos sin medir el tiempo: es su noche flamenca, Miguel, no la tuya o la de tus compañeros de la crítica, y tampoco de los artistas. No podéis enfocar el tema desde vuestra experiencia porque está viciada por la costumbre…” Y me dio la razón.

Si me alargo hablando de Miguel, es que se lo merece porque era de los pocos flamencólogos[i] que sabían de cante y porque le tenía mucho afecto. Cierto que hubo de todo: encuentros y desencuentros, como en toda relación sincera, y no se rompió ni cuando se le ocurrió publicar que José ya no debía de dárselas de simple cabrero porque se había convertido en un gran ganadero con fincas propias, algo que no era cierto: José siempre ha sido un cabrero sin tierra y sólo una vez llegó a tener 500 cabras, no por ambición – ya que fueron casi nuestra ruina – si no por lo mucho que le gustan.

Una noche, José había cantado un fandango que, como tantos otros de su repertorio, no le gustaba a todo el mundo: “Al pobre de Jesucristo/ lo coronaron de espinas/ Por poco lo dejan tuerto/ los hijos de la gran puta/ ¿No es pa cagarse en sus muertos?” La llamada y reprimenda de Miguel, a las tantas de la madrugada, me pareció surrealista: “Elena, con este fandango José se ha pasado… es que le ha llamado hijos de puta a los judíos y sus descendientes se pueden dar por aludidos y X[ii] que me ha dicho que está pensando ir a denunciarlo al juzgado de guardia…” Lo primero que se me ocurrió fue reírme con fundamento: “Pero Miguel, corazón mío, si ese fandango se lo ha cantao Paco Toronjo hasta a la guardia civil! Además ¿desde cuándo tienen los antepasados de X algo que ver en lo de la crucifixión? ¿No es gitano por los cuatro costaos? En efecto, era una letra del Toronjo que nunca había escandalizado a nadie hasta que la cantó El Cabrero y los gitanos no tenían nada que reprocharse en la muerte del pobre de Jesucristo. “Mira Miguel, lo que faltaba ya, para darle colorido al ambiente flamenco es que X denuncie a un compañero, o a quien sea, por semejante gilipollez; aconséjale que no haga el ridículo, ya que eres su amigo”. Me aseguró que ya lo había hecho y no tengo la menor duda de que así fue.


[i]A Miguel no le gustaba nada el palabro

[ii]Omito el nombre del cantaor por respeto a la memoria de Miguel, ya que eran muy amigos y porque no tiene mayor importancia… sólo una anécdota



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de | 24/02/2012 · 13:18

Creció el Flamenco y también el sentimiento de pertenecer a una tierra con grandes valores culturales que había que preservar (El Cabrero 1980)

La década de los 80 se caracterizó, fundamentalmente, por el auge de los festivales flamencos de verano. Pocos pueblos de más de 2000 habitantes carecían de un festival anual, de mayor o menor envergadura, y raro era el alcalde andaluz que no se enorgulleciera de presentar el festival de su pueblo como prioridad en materia de cultura. Algunas cadenas de radio retransmitían cada semana varios festivales y ciertos programas dedicados al flamenco se hicieron tan populares que sus conductores eran ovacionados cuando se subían a presentar alguna de estas noches flamencas.

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VII Torre del cante – Más de 6000 personas acudieron a presenciarlo (junio 1980)

Y, sin embargo, fueron los llamados “flamencólogos” quienes iniciarían, desde sus respectivos medios, pocos años más tarde, la faena de acoso y derribo contra los festivales flamencos. Se lo advertí a Pulpón, que entonces aglutinaba el management de todos los flamencos, y no le dio importancia: “Señora, éstos de la prensa están enfadados porque no los contratan, como presentadores, todo lo que quieren y porque sus artistas amigos no son las figuras de los festivales”. (Ilustraremos esta observación en próximas entradas, con artículos de prensa sobre el particular)

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I Festival Juan Talega, en Dos Hermanas “El Cabrero sentó cátedra” (junio 1980)

Como la programación la hacían generalmente las peñas flamencas locales, sin intervencionismo de la administración, casi todos los artistas en activo participaban, en mayor o menor medida, en este circuito. Creció el Flamenco y también el sentimiento de pertenecer a una tierra con grandes valores culturales que había que preservar.

Los festivales siempre me han parecido la mejor fórmula de difusión para el flamenco. Por todo lo expuesto y porque, en definitiva, acercaban el flamenco de calidad a todas las comarcas andaluzas fomentando así la cantera en las diversas provincias. Porque propiciaban que los jóvenes valores locales compartieran escenario con los ya consagrados y se dieran a conocer del gran público y porque era en su propia tierra donde el flamenco tenía más posibilidades de desarrollo.

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Festival de Cante Grande de Puente Genil (Agosto 1980) Fosforito cantó a su pueblo

Pero, a mi juicio, lo más interesante de este circuito veraniego era que, al ser su festival el reflejo de la personalidad del pueblo organizador, se generaba una diversidad de criterios de programación muy enriquecedora y atractiva para el aficionado y para los artistas en formación. (Parecido formato tenían los festivales malagueños de Alhaurín de la Torre, de Ojén, Guaro y Ronda, por ejemplo, y sin embargo, cada uno podía presumir de tener su propio carácter)

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Cartel de 1980 en Barcelona

No hace mucho, Eva la Yerbabuena afirmaba que su vocación surgió al calor del festival de Ogíjares, a donde la llevaban sus padres de niña. Como ella, se puede decir que la mayoría de los artistas de su generación se aficionaron al flamenco gracias a los festivales de sus respectivos pueblos o comarcas y, a mi juicio, esa es una de las grandes aportaciones al futuro del arte jondo que han hecho los festivales veraniegos, hoy especie en extinción.

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de | 15/02/2012 · 16:28

“Señora, con la Iglesia hemos topao ¡Ni que el Cabrero fuera el estrangulador de Boston!” (El Cabrero 1981)

Entre lo apretado de la gira de 1980 y los problemas con los pelentrines nos habíamos olvidado de lo acaecido en Alcolea de Córdoba[i] cuando recibimos una citación del juzgado: El fiscal calificaba lo sucedido como delito de blasfemia, le pedía 5 meses de arresto mayor y 50.000.- pesetas de multa. Así, José despedía el año procesado por dos delitos: desacato y agresión a la autoridad y blasfemia: “No sé qué me indigna más, lo de Lucas[ii] o lo de la blasfemia… si pa mi dios no existe ¿Quiénes son estos inquisidores para denunciarme en nombre de un dios que nadie ha visto en la vida? ¿Él se ha quejao?”

El 20 de enero de 1981 nos trasladamos, familia y cabras, a Dos Hermanas. José había estado en el Festival Juan Talega el verano anterior y allí conoció a quien sería nuestro compadre, Paco Zurita. Comentando el problema de las veredas, Zurita le habló de una finca enorme, La Corchuela, donde podía entrar el ganado libremente. A José, eso, no se le olvidó: “Primero, hay que buscar una majá que tenga salida hacia esa finca, de eso me encargo yo: tú busca una casita que no quede lejos del corral”. Siempre las cabras por delante y con argumentos contundentes: “ellas dependen de nosotros y nos dan todo lo que tienen ¿Tendré que procurar su bienestar antes que el mío, o no? Si no, lo mejor es no tenerlas”.

Compramos un adosado, todo muy pequeño,  3 habitaciones, un patio delantero, sin vallar y un minúsculo patio trasero, todo a medio terminar, en la barriada Las Portadas, donde vivía Zurita. Con su ayuda y la de otros amigos como El Moreno y El Chato cercamos el patio, acondicionamos la vivienda y poco a poco aquello fue cobrando intimidad y calor. Sembré rosales, jazmines, buganvillas, claveles, geranios, un naranjo y un limonero que hoy son árboles frondosos.

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De careo en Dos Hermanas (Foto: Kaat Schille)

José instaló sus cabras, primero en un corral que nos cedió un amigo y más tarde en una parcela que compramos a pocos minutos a pie de nuestra casa. El paisaje era tan diferente a Aznalcóllar como lo era el entorno; allí convivíamos entre familias vinculadas a las labores del campo y del ganado mientras que nuestros nuevos vecinos eran trabajadores de la industria o los servicios, clase proletaria, más concienciada y formada y, por eso, más solidaria en temas sociales. Frente a la animosidad de la mayoría de nuestros vecinos de Aznalcóllar, en la reivindicación de las Vías Pecuarias, la comprensión y el apoyo de los nazarenos[iii] fue como un bálsamo. Por eso, aunque echábamos de menos el paisaje de Aznalcóllar y gente muy querida que dejamos allí, pronto nos sentimos en Dos Hermanas como en casa.

El 23-F José había salido al campo, como de costumbre, y no había vuelto cuando me llamó Zurita: “Hay que quitar a José de ahí, Elena, porque si esto cuaja van a ir a por él, seguro.” Como yo aún no tenía coche, salieron en su búsqueda pero no lo encontraron… También nos llamaron de CNT ofreciéndonos un vehículo para llevarlo a un lugar seguro. Había miedo, José, desde el corral hasta nuestra casa, sólo encontró calles vacías y silenciosas… hasta yo tenía el transistor al mínimo volumen intentando escuchar a la vez las noticias y la calle. Zurita me llamaría de noche para venir a recogerlo pero José decidió acostarse a dormir: “Ya sé que esconderse no es de cobardes, sólo es protegerse pero, en cada pueblo sabemos quiénes son los fascistas y donde se reúnen. Si somos muchos más ¿Por qué no salimos a plantarles cara y a impedir que se muevan? Me quedo aquí y si la izquierda sale a la calle, avísame” Y se durmió hasta que llegó la hora de ordeñar. Yo estuve toda la noche pendiente de las noticias que daba la SER y lo puse al corriente por la mañana, especialmente de la intervención del rey: “Los militares hasta el mocho en la intentona y el rey el salvador… pues ya tenemos los españolitos Borbón pa rato”. Y la verdad es que al rey no le vino nada mal aquello: la izquierda, de corriente republicana en su inmensa mayoría, amenazaba con arrasar en las próximas generales. Y ganó pero ya casi todos aquellos republicanos se habían se habían hecho antimonárquicos pero juancarlistas en reconocimiento a su valiente defensa de la democracia el 23-F.

El año 1981 dio para no aburrirse: traslado a Dos Hermanas, 23-F, más de cien conciertos, un disco y dos juicios; uno por blasfemia, que se celebraría en otoño y el más cercano, por desacato y agresión a la autoridad.

Había cantado la noche antes en Alhaurín y llegó a la Audiencia sin dormir. Esperándolo una buena representación de Las Portadas y algunos amigos que nos dieron calor. José se limitó a repetir lo que había sucedido: “El único paso que dejaron para el ganao, al usurpar la verea, era el yo llevaba y aquel hombre, con una escopeta apuntándome no me merecía confianza y por eso le quité el arma y se la entregué a la guardia civil. No la utilicé contra él ni contra nadie y no le pegué”.

No recuerdo cuánto duró el juicio, me pareció una eternidad, pero sí a José muy seguro en sus respuestas y al guarda, por el contrario, dubitativo y lleno de contradicciones. Soberbio, José Mª Rubio: “Un ambiente de crispación, en un contexto social donde los factores de desequilibrio vienen dados por fuertes intereses personales, han sido la causa del conflicto entre el procesado y el guarda jurado de Andaluza de Piritas, por lo que pido la total absolución de mi cliente”. Así finalizaba su magnífica intervención. Y fue absuelto: el guarda no pudo demostrar haber sufrido agresión alguna y quedó patente el conflicto por el tema de las Vías Pecuarias. Ni el fiscal ni Andaluza de Piritas recurrieron la sentencia.

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Otra cosa sería el juicio por blasfemia que se celebró al finalizar la campaña de festivales de verano. José Mª Rubio no estaba colegiado en Córdoba y no juzgó necesario hacerlo: “En España ya no se mete a nadie en la cárcel por blasfemia; cualquier compañero de Córdoba lo puede llevar sin problemas”. Pero Pulpón ya había hablado con cinco bufetes y ninguno quería defender al blasfemo: “Señora, con la Iglesia hemos topao ¡Ni que el Cabrero fuera el estrangulador de Boston! Me dice uno amigo que en la COPE lo han estado machacando mucho con esto y nadie se quiere poner en contra de los curas”. Estábamos sorprendidos pero seguíamos sin darle mucha importancia al asunto cuando un joven abogado cordobés, José Antonio Guiote Ordóñez, se hizo cargo de su defensa.

José arrastraba una bronquitis, que se agudizó durante el viaje, y optamos por quedarnos en un hotel cercano a los juzgados y avisar a un médico que le recomendó guardar cama. Le expliqué el motivo de nuestra estancia allí y él insistió: tiene mucha fiebre; yo les voy a dar un certificado y mi obligación es decirle al Sr Domínguez que no se mueva de la cama en estas condiciones. Así que el juicio se celebró sin la presencia de José y lo condenaron, como autor criminalmente responsable de un delito de blasfemia, a cinco meses de arresto mayor y cuarenta mil pesetas de multa.

Durante la vista, los mismos que lo denunciaron ante la guardia civil, lo exculpaban ante el juez declarando que, en efecto, José se encontraba en un estado de profunda irritación debido a su afonía, que no hubo intención de ofender y que el público lo despidió entre aplausos. Pero, sobre todo, teníamos una prueba fehaciente de que su “mecagoendios” no había suscitado malestar ni escándalo público, que es a lo que se agarraba el fiscal: entre el día de los hechos que se juzgaban y el juicio, José había sido contratado de nuevo por la misma organización y en el mismo pueblo y, cuando intentó disculparse, el público se lo impidió con sus aplausos… ¿Cómo es que la sentencia no tenía en cuenta estos hechos y afirmaba todo lo contrario? Recurrimos, convencidos de obtener resultado favorable ante la Audiencia, y ya se verá más adelante que no fue así.



[i] Ver En cualquier otro sitio que no sea Aznalcóllar siempre voy a serle extraño al paisaje y él a mí (El Cabrero 1980)

[ii] Ver Has atentado contra una autoridad y se te va a aplicar la ley antiterrorista” (El Cabrero 1980)

[iii] Gentilicio de los habitantes de Dos Hermanas

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de | 13/02/2012 · 10:36

Mi recuerdo al gran Paco Toronjo (El Cabrero)

He recibido un buen puñao de mensajes pidiéndome que escriba más aquí pero, por el momento, no puedo y os voy a decir por qué: me levanto a las 6 de la mañana todos los días. Ordeño, barro los corrales y echo el pienso. Vuelvo a casa un momento para comer algo y echar una cabezá y salgo de nuevo para el campo. Cuando encierro las cabras es noche cerrá y, la mayoría de las veces, después de cenar me duermo porque ya no tiene uno treinta años (¡quién los pillara!). Algunas noches Elena me lee lo que hay escrito y vuestras respuestas y, hasta ahí llego.

Pero, el otro día nombré a Paco Toronjo y me quedé con ganas de hablaros más de él, porque ha sido el más grande en su especialidad y porque fuimos amigos. En mi carrera, me he llevao bien con todos mis compañeros, con algunos coincidí más veces y a esos les tengo más cariño pero hay otros, como Paco Toronjo, que han sido mis amigos en los escenarios y en la vida privada.

Cuando yo era un zagalote, participó en un concurso, Lluvia de estrellas, que duró un montón de tiempo y Paco lo ganaba to, una semana y otra… nadie podía con él y yo siempre pegao al transistor: ¡no se podía cantar mejor por fandangos de Huelva! Tenía una voz que parecía hecha pa esos cantes y aquel temperamento que, en un arrebato, te metía el cante en las tripas.

La primera vez que canté con él fue en la Feria de Sevilla. Paco seguramente estaría allí contratao y yo aún no me dedicaba a esto; me echó cuenta y estuvimos cantando un montón de tiempo… Yo, aprendiendo, pero, desde el principio, cuando que me he adentrao en los cantes de Huelva, siempre me ha parecido recorrer un paisaje familiar. Mi pueblo, Aznalcóllar, es mu aficionao al fandango, está pegao a la provincia de Huelva y el paisaje es el mismo. También los dejes, los sabores, los olores y la forma de vida se parecen; las fronteras ¿quiénes serían los mandamases que las dibujaron? Fronteras, para mí, son las montañas o el mar, puestas por la naturaleza el resto sólo son barreras artificiales entre vecinos.

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Mis primeros tiempos en La Trocha de Sevilla

Fue en la Trocha[i] donde hicimos amistad porque los dos cantábamos allí muy a menudo: él como una figura del fandango y yo que, al principio, lo mismo cantaba por fandangos o por malagueña que silbaba músicas de Ennio Morricone o cantaba Las Palmeras, de otro de mis grandes amigos: Alberto Cortez. Luego, cuando grabé el primer disco y me dediqué a esto, seguí yendo a La Trocha pero ya como cantaor.

Paco, además de su gran talento cantaor tenía mucha comunicación con el público. Una vez, en Aracena, hacíamos un mano a mano. Los dos de pie; él con un vaso de güisqui y yo con una botella de agua cuando, desde las butacas, uno, con una cabeza mu grande, le dijo: Paco, no bebas más que ya estás borracho y miró pal tío, luego pa mí, como diciéndome ahora verás, se acercó al micro: ¿De dónde habrá salío el carnero éste? Y luego: Aquí, los tontos ¿A qué hora se acuestan? y, como tenía fandangos pa to, le cantó: “Zahúrda, eres el mayor berraco, que sale de una zahúrda, y aquí tengo el sacatraco, pa sacudirte las pulgas, que tienes en el sobaco”… La gente, con Paco, se emocionaba y también se reía. Con él tengo un saco de anécdotas vividas pero lo importante, para mí, es lo que Toronjo significó como cantaor.

Fue una víctima de aquella marginación contra el fandango, en la época en que él se encontraba más potente de recursos. Su obra grabada es un monumento a los cantes de Huelva y, cuando le empezaron a fallar las fuerzas, adaptó el fandango a sus facultades y siguió emocionando y transmitiendo chorros de autenticidad y de perfumes de su tierra.

Repaso a la trayectoria de Paco Toronjo con algunos momentos impagables en el Alosno: “veinte guitarras tocando/ y toas le dan el dejillo/ que se merece el fandango”.

Su cante es puro paisaje, sin contaminación; fandangos que antes sonaban folclóricos él los engrandeció y los hizo flamencos en su voz, sin desvirtuarlos ni restarles sabor. Si Paco no hubiera existido, seguro que el fandango de Huelva nunca hubiera tenido la dimensión que él le dio. Y, sin embargo, he tenido que escuchar, más de una vez, en su propia tierra, allá por los 80, a algunos aspirantes a cantaores, que se quedaron en el intento, decir que Paco había desvirtuao el fandango… que no lo hacía como era… que a veces no lo cuadraba… “Aquí, los tontos ¿a qué hora se acuestan?” … He sentido la envidia de otros en mis propias carnes y la reconozco por la pisá y, para esos envidiosos va esto, en desagravio al gran Paco Toronjo: “To aquel que no esté a tu altura/ será quien más te critique/ Y es tan ciega su andadura/ que aunque la venda le quites/ nunca verá su estatura”

Algunas veces me había dicho “Sobrino, un día de estos le vamos a decir a la Elena que organice un espectáculo para los dos, por fandangos” y un buen día se encajó por sorpresa, a media tarde, en el corral de las cabras, cuando ya vivíamos en Dos Hermanas. Venía vestido con una gabardina que le llegaba a los tobillos, unas gafas negras mu grandes y una gorra visera encasquetá hasta el mocho y se plantó en medio la puerta: “Ya te puedes disfrazar de lo que quieras, que te conozco”, recuerdo que le dije. Nos dimos un abrazo y nos fuimos pa casa y tuvo al del taxi esperando en la puerta más de tres horas. Quedamos en que Elena iba a organizar ese espectáculo para los dos y ella le puso “Dos voces para el fandango”. Hacía Paco una primera parte de fandangos él solo, luego yo la segunda con mi repertorio – soleá, seguiriya, malagueña… y al final salíamos los dos de pie a hacer fandangos a porfía, con el acompañamiento de las dos guitarras, Paco del Gastor y Segundo, que le tocaba a Paco. Era un buen espectáculo y muy encendío, con mucho contacto con el público y las ovaciones eran apoteósicas. Todavía recuerdo la emoción de Onofre López que decía: ¡esto no está pagao con na! ¡Esto no tiene precio!

A Paco le decían que yo estaba ganando mucho dinero con sus fandangos y él, que era “el creador”, no pisaba escenario. Que eso no era cierto lo sabía Paco, yo y cualquier aficionao: ni él era el creador de su repertorio (en el flamenco sólo hay recreaciones) ni yo del mío: los dos bebimos de las fuentes que nos dio la gana y, ni Paco creó el fandango de Juan Mº Blanco, de Sta Bárbara, de Bartolo, del Comía, de Valverde…  ni yo los compases de la bulería Luz de Luna o el fandango de Calaña, o Como el Viento de Poniente que son los cantes que más me han pedido en toda mi trayectoria. Nadie mejor que un cantaor conoce la dimensión de sus compañeros aunque no siempre, cuando le preguntan, dice lo que piensa. Paco les seguía la corriente y luego, cuando nos veíamos, me lo contaba sabiendo que a mí me daba igual de to eso. Alguno, como Manolo Bohórquez[ii], le había llegao a decir que yo me estaba forrando imitándolo a él. Muy inteligente, Bohórquez… y por seguiriya, por soleá, por malagueña, serrana, bulería, también imitaba al Toronjo, como si El Cabrero no existiera. Nunca me he puesto en la personalidad de otro porque mi yo, y lo que lleva dentro, necesita espacio y no cabe nadie más.

Paco, como toda montaña que se precie, tenía sus aristas pero a los amigos se los quiere como son y yo lo quería mucho y lo admiraba aún más. Trabajamos juntos, vivimos juergas, él estuvo en mi casa y yo en la suya, nos perdimos juntos por ahí hasta tres días, cantamos, bebimos, cada uno lo que nos dio la gana, nos reímos hasta de nosotros mismos, pero nunca jamás nos perdimos el respeto.

La última actuación “profesional” que le vi fue en Ayamonte y ya estaba tocao. Luego ya sería en homenajes que se le hicieron en Huelva pero tienen mucho que contar y no es el momento.



[i] Sala de fiestas, en la Ronda de Capuchinos, de Sevilla propiedad de los hermanos que formaban el grupo de sevillanas “Los de La Trocha”.

[ii] Crítico de El Correo de Andalucía

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En cualquier otro sitio que no sea Aznalcóllar siempre voy a serle extraño al paisaje y él a mí (El Cabrero 1980)

En febrero de 1980 José ya tenía ocupados casi todos los fines de semana del verano, algo insólito en un cantaor que llevaba apenas tres temporadas haciendo festivales. Los primeros compromisos, firmados para finales de mayo, recién puesto en libertad, lo obligaron a pasar página de lo acontecido con el guarda jurado y su estancia en prisión y centrarse en lo artístico.

Por el contrario, yo no me di ni un día de tregua: eran tantas las irregularidades cometidas por la guardia civil, la noche de su detención, que temí que el proceso se siguiera instruyendo en la misma tónica.[i] Necesitaba un buen abogado y lo encontré en José Mª Rubio López que creyó la versión de José, me prometió que pondría todo el empeño en su defensa y lo hizo sin escatimar tiempo y esfuerzo.

Cuando me informó de la petición fiscal – cuatro años, cuatro meses y un día de prisión – me vine abajo: ¡Eso, a José, lo iba a hundir!… Acordamos ocultárselo mientras Rubio lo estimara oportuno (sólo se enteraría pocas semanas antes del juicio, en 1981). Sin embargo, esto haría muy difícil convencerlo de la necesidad de evitar las vías pecuarias y posibles provocaciones, hasta que se celebrara el juicio: él estaba seguro de sí mismo y no se sentía más amenazado que de costumbre en sus reivindicaciones. Se me ocurrió que la fórmula podría ser apartarlo del campo unos meses y autoricé a Pulpón a firmar todas las galas que le propusieran ese año[ii], sin restricciones.

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Fin de fiesta en Alhaurín de la Torre, bailando (mal) a petición del respetable

El 21 de junio, mientras cantaba en la Torre del Cante, en Alhaurín de la Torre, nació nuestro tercer hijo, Emiliano, y quizás por eso sea éste uno de los festivales más queridos por nosotros. Ese año, como de costumbre, el cartel era impresionante: Fosforito, Camarón, el Sordera, José Menese, Juan Villar, Carmen Linares, Turronero, José y… más de 6.000 personas abarrotando el recinto.[iii] “La Torre” era el primer festival importante del verano malagueño y a él acudían los aficionados de toda la provincia en masa. Ocasión esperada por miles de personas para disfrutar del arte de la tierra y tomar el pulso a las principales figuras; grandioso festival en el que José participó, desde 1979 hasta mediados de los 2000, en 19 ediciones.[iv]

La gira que nos firmó Pulpón fue agobiante; una media de 22 conciertos, al mes, desde junio a finales de octubre. Acabó cansado pero acerté: apenas pudo asomarse a las cabras y tuvimos así unos meses de tregua y relativa tranquilidad, sólo enturbiada por un percance en Alcolea de Córdoba a finales de agosto.

Estaban él y Luis de Córdoba en cartel y, mientras Luis hacía la primera parte, informé a Agustín Gómez, encargado de la presentación, de que José se había quedado repentinamente sin voz y no podría cantar. “Yo no puedo salir ahí para decir eso, porque se va a liar; es mejor que suba él, para que la gente vea que ha venido, y que sea José quien lo explique”. Y se subió, pero la gente no lo dejaba marchar: ¡Haz lo que puedas! ¡Sigue ahí! ¡Canta, aunque sea por señas! Y así, hasta que José lo intentó por soleá, con la voz como un serrucho… El público se mostró respetuoso ante su impotencia, menos cuatro graciosos que se pusieron a berrear y a reírse: “¡Mecagoendios! ¿No dije que no podía cantar? “ Enfadado consigo mismo, abandonó el recinto, entre los aplausos del respetable.

Siguió una denuncia presentada ante el juzgado de Córdoba, a la que dimos poca importancia, y el inevitable Agustín Gómez arengando con virulencia al personal, desde su programa en la COPE, contra el blasfemo que les “había enviado Sevilla”… ¡Un santiño, el señor Agustín! Pero… Sevilla ¿qué tenía que ver en todo esto?

ELIREED

Fotografía de Eli Reed en la sierra de Aznalcóllar

Verano de grandes emociones, satisfacciones artísticas y desplazamientos imposibles, que nos pareció interminable. Ansiábamos volver a nuestra rutina, nos habíamos ganado disfrutar de un invierno apacible pero se ve que perdimos el boleto: los pelentrines, crecidos por la detención y proceso a José, le salían al paso; la Guardia Civil le impedía circular por las vías pecuarias, y yo no respiraba tranquila hasta que no lo oía llegar, por la noche. Se lo comenté a Rubio y me recomendó que nos fuéramos a vivir a otro lado porque allí le iban a hacer la vida imposible; lo iban a provocar hasta que se peleara con alguien y, si eso sucedía, lo tendríamos mucho más complicado en el juicio. José, al principio encontró descabellado el consejo del abogado pero, a los pocos días, tuvo otro encontronazo con un pelentrín, que lo amenazó con una escopeta cuando pasaba por una verea, y decidió que era hora de marcharse de su pueblo.

Desde que en 1974 comenzara a reivindicar, en solitario, las Vías Pecuarias, ningún sacrificio fue tan duro de asumir para José: “A mí, del pueblo me da igual porque no encuentro cariño ni solidaridad en él, más bien parece que muchos están deseando verme de nuevo entre rejas… pero alejarme del paisaje donde me he criao … aquí conozco todos los caminos, las piedras, los arroyos; crecí a la par de los olivos y las encinas: soy uno más entre ellos… En cualquier otro sitio que no sea Aznalcóllar siempre voy a serle extraño al paisaje y él a mí. Me voy por ti y por estos niños, Elena: si estuviera solo, aquí dejo el pellejo, al pie de las cabras, reclamando las vereas”.



[i] Ver, en este blog “Has atentado contra la autoridad y se te va a aplicar la ley antiterrorista”

[ii] Sólo tenía autorización, hasta entonces, de firmar 3 conciertos seguidos y luego siempre un par de días de descanso.

[iii] Ver transcripción de la crítica de Gonzalo Rojo en Sur en la página de prensa, en este blog

[iv] Sólo superado por El Castillo del Cante, de Ojén, donde han contado con la presencia de El Cabrero 23 veces en su carrera.

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