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Yo no he sido

Hubo una época en que tos los daños que había en el campo los hacía el del Tío Crespo, que era yo. Y estaba un día sí y otro no en el cuartel de la guardia civil, denunciao por los dueños o los guardas. Pero yo no era… y casi siempre sabía quiénes habían entrado en los sembraos pero nunca me escudé en la espalda de otro pa salvarme yo:  me conformaba con repetir mil veces “Yo no he sido”.

Yo quiero a mi pueblo y es más bien para mis paisanos que escribo esto y porque no vivo allí y no tengo otro sitio para decir ese: “Yo no he sido”

Me han llegado copias de un escrito por wasap que está difundiendo, presuntamente, el alcalde sobre mi ausencia al festival de Aznalcóllar. Y digo presuntamente porque, si no es él, lo puede desmentir y yo me disculparé y averiguaré de dónde proviene el escrito.

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Festival 2012

Lo que dice el escrito que, presuntamente, envía el alcalde:

“Por parte de este ayuntamiento Aseguro que no ha cantado porque no ha querido”
Es cierto

– “Se ha puesto todo en las condiciones que pidió su manager”
No es cierto. Lo pactado era participar en un festival del mismo formato y en las mismas condiciones que los tres anteriores. NO se cumplió

“Una vez colgado el cartel en varios pueblos como El Castillo, Aracena y otros más pidió que se pusiera otro cantaor más de renombre”.
Eso tampoco es cierto. El día en que mi manager le dijo al alcalde que, en esas condiciones, yo no cantaba, el cartel estaba sobre la mesa del alcalde porque “el diseño era tan malo que no lo podía imprimir y acababa de pedir que se hiciera otro. Ni en las páginas de Facebook del Ayuntamiento, ni de la Peña Flamenca había algún tipo de anuncio sobre el festival. Y yo no pedí otro cantaor por capricho: pedí que se mantuviera el formato del festival que yo había apoyado los 3 últimos años. Sólo eso.

“Aún así pidió a productor o empresa que pusiéramos a una cantaora que no nombraré y una vez tratado el precio aceptamos el precio también para que ésta cerrara”.
Eso tampoco es cierto. Yo no pedí en ningún momento a ningún artista determinado, ni cantaor ni cantaora, sólo que se mantuviera el formato.

– “Después de aceptar todo nos pone otra cosa cambiar festival a otra fecha”
Tampoco es cierto; yo no había aceptado participar por dos cosas que iban parejas: el formato del festival modificado y tiempo insuficiente para hacer la promoción que se merece y necesita un gran festival flamenco.

Lo que pasó cronológicamente:

Finales de mayo, celebradas las elecciones, Agapito – aún alcalde en funciones – nos dice que el nuevo alcalde mantiene el festival tal como se celebró los últimos años. Mismas condiciones -o mejores –  que los tres últimos años y fecha primer sábado de agosto. La cerramos.

Un día de junio nos llama un representante y nos dice que el festival de Aznalcóllar se ha cambiado de fecha y se hará el día 8. Preguntamos al representante quién había decidido el cambio de fecha y nos dice que El Montero, que es el que elige a los artistas y hace el festival. Pues muy bien… pero no estaría mal consultar antes la disponibilidad del que se supone que era el cabeza de cartel… Pues nadie nos había llamado.

Ese mismo día hablamos con el Ayuntamiento y dijeron que ellos no sabían nada del cambio de fechas y que mantendrían la fecha tradicional del primer sábado de agosto.

Mediados de julio (Todo el mismo día), preocupados de no ver promoción del festival, llamamos al alcalde. Nos dice eso del cartel, que aún no se había impreso porque el diseño era cutre, y que estaba esperando que hicieran otro. Nos lee el cartel y vemos que no habían contratado el artista que faltaba para mantener el formato del festival y se lo decimos.

– El alcalde le pide a mi manager que le aconseje un artista. Ella dice que no se mete en eso. Quedan en que le diremos a Bernardo, el que hizo el resto de contratos con El Montero, que llame al alcalde y que ellos decidan. Bernardo, que ese día está libre La Macanita y se la va a proponer. Nos alegramos: gran cantaora!

– Mi manager le dice al alcalde que, de todas formas, es tiempo insuficiente para promocionar con un mínimo de profesionalidad un Festival Flamenco (ni dos semanas los carteles expuestos y nada aún en internet). Que de un gran festival como había no se podía hacer una chapuza. Que la única manera de hacerlo apropiadamente era trasladar excepcionalmente la fecha a la segunda quincena de agosto para tener mínimo 4 semanas de promoción. El alcalde, de acuerdo con lo que era una realidad, la falta de tiempo, dijo que arreglaría el tema y que por la tarde lo llamáramos para ver la nueva fecha y el cartel definitivo.

– Llamamos por la tarde y la respuesta del alcalde fue, sorpresivamente, que el cartel se quedaba como estaba, aunque no se mantuviera el formato del festival y que la fecha también se quedaba en el 1 de agosto. Preguntamos qué había pasado en tan pocas horas y la respuesta fue: No se cambia porque dice el Montero que no se puede. Y punto, sin más argumentos.

– Mi manager le responde que yo en esas condiciones no participaré en el festival. Y ya está.

¿Qué otros motivos podría tener yo para no participar en el festival de mi pueblo si  estaba orgulloso de él y lo estaba esperando con mucha ilusión? Ese no era el festival que yo apoyé durante 3 años y el que pacté desde el primer día y el alcalde es dueño de poner al frente del festival a quien le de la gana y hacerlo como le apetezca y yo soy libre de decir NO.

Me gusta que se trate al Flamenco con mucho respeto y profesionalidad. Eso está por encima de mi propia conveniencia… Porque yo podía haber cantado, cobrado, vuelta pa mi casa, y quedo bien con todo el mundo… pero

Yo no soy el animal
que se calla por un pienso
Yo no soy ese animal
Porque tengo en mis adentros
Una disconformidad
Que me sirve de alimento.

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“Pero, so imbécil ¿no ves las estrellas en la bandera? ¡Que es el General!”

El 4 de julio vuelvo a Zambra, que me voy a tener que empadronar allí, por lo que me quieren, y porque ya no sé cuántas veces he cantao en su Noche Flamenca, festival puntero en Andalucía. Esta edición 2015 se la dedican a Calixto Sánchez, gran cantaor, gran compañero y amigo.

Con Calixto compartí tantas y tantas noches de cante por derecho, como es el suyo. Se lo merece sobrao y estoy deseando darle un abrazo y escucharlo cantar.

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Y una anécdota que cuenta el genial Kalvellido hoy me recuerda algo que me pasó allí, en Zambra, hace unos años,  cuando yo era ya “más manyao que el tango La Cumparsita”[1].

Al llegar al recinto, después de saludar a un chorro amigos que me esperaban en la entrada y hacerme otras tantas fotos con ellos, me fui directamente a los camerinos.

Habían puesto un guarda de seguridad en la zona de artistas para que sólo entraran allí los músicos y sus equipos. Y el guarda me miró de arriba abajo y me dijo que no podía pasar. Pero hombre, cómo no voy a pasar si yo canto aquí esta noche… ¿No ve Ud los carteles ahí con mi foto? ¿Soy yo, o no soy yo? Pues, con cartel y sin cartel,  era que no, que sin autorización de la organización allí no entraba nadie… los que iban conmigo se cabrearon con el guarda, pero yo no, yo me jarté reír aquella noche y ahora os cuento por qué.

Cuando estaba haciendo la mili en el cuartel de Maestranza, donde está hoy el teatro, me pusieron de guarda en la puerta y me dijeron que no dejara entrar ningún vehículo. El primero, y único que llegó, fue uno mu aparatoso y, cuando dije que no podía pasar, el chófer se quedó de piedra: “Pero, so imbécil ¿no ves las estrellas en la bandera? ¡Que es el General!”… Vale, pero yo cumplo órdenes y aquí no entra ni dios.

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Con unos compañeros en el polvorín de la Sierra San Cristóbal

Luego, claro que al final entró, como yo en los camerinos: cuando intervino “La Organización”! A los pocos días me mandaron, castigao, de paquete en una motito, sin casco, sin comer, a cumplir el resto de la mili en un polvorín de la Sierra San Cristóbal, en la provincia de Cádiz.

Pero lo mío fue distinto a lo del guarda de seguridad de Zambra: yo, en el ejército, sólo me tomaba a rajatabla lo que me convenía.

[1] Manyao (del Lunfardo: conocido, famoso) “Pero si sos más manyiá que el tango La Cumparsita” del tango Tortazos, letra de Enrique P. Maroni

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“¡El Cabrero! Ah! Pero ¿Sigue vivo?”

Hace un año se publicó una novela corta inspirada en la figura de El Cabrero: Debo ser muy buena presa… cuando tengo tantas escopetas apuntándome, frase acuñada por el cantaor con respecto a la persecución de que fuera objeto en su reivindicación de las Vías Pecuarias. El autor de la novela, Eduardo Izquierdo, hizo algunas entrevistas en radio y de ellas y ciertos artículos sobre la novela se desprendió que algunos periodistas lo daban por retirado de la profesión, o directamente por muerto…

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Esta mañana, en Onda Cero, el gran Fernando González Lucini llevó su voz al programa de Isabel Gemio, Te doy mi palabra, del que es colaborador: “¡El Cabrero! Ah! Pero ¿Sigue vivo?”… Isabel, que lo conoció vía Jesús Quintero hace alrededor de treinta años, obviamente, lo daba por muerto.

Puede parecer inexplicable porque El Cabrero, 42 años de carrera, nunca cesó su actividad y siempre tuvo, y tiene, una destacada presencia en los escenarios; Madrid, años alternos en Veranos de la Villa y llenazos, en Jardines de Sabatini o Teatros, Auditorios y cualquier recinto donde haya sido programado. Por no hablar de los grandes Festivales de Flamenco y de cómo éstos multiplican su aforo cuando nuestro “fallecido” encabeza el cartel. También se porta bien el “finado” en las giras internacionales, abarrotando allende Pirineos… Pero de todo eso ¿quién se entera, si los medios callan?

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 Por eso no me molestó, ni sorprendió, la pregunta de Isabel Gemio a Lucini porque, en efecto, tiene sus motivos. Mediados de los 80, la dinámica de los medios, paralela al veto de la Instituciones Públicas, fue primero negar su calidad de cantaor: era un “ídolo de multitudes” pero no sabía cantar. Como esto no mellaba su popularidad, optaron por descalificar a sus seguidores: mismo festival, idéntico público que era tratado como “el respetable” si aplaudía a otro cantaor de la terna y “la masa” cuando ovacionaba a El Cabrero. Pero los aficionados seguían llenando recintos y fue entonces cuando medios e instituciones pasaron al ninguneo y luego al ostracismo; hasta el extremo ridículo de vetarlo en una guía de flamenco publicada por la Junta de Andalucía hace unos 12 años, donde figuran todos los flamencos, hasta los principiantes, pero ni rastro de El Cabrero. Y  de estos mimbres, una canasta.

Así se explica que los de Radio3 y  hoy Isabel Gemio lo dieran por muerto… ¡Y bien muerto! Si canta en Jardines de Sabatini, al día siguiente TVE cierra informativos con su concierto  y emiten sólo imágenes de la cantaora que habíamos invitado de telonera…

Si cortan las calles en Córdoba, en La Noche Blanca, porque no cabía más gente en el Auditorio de la Axerquía, Canal Sur lo entrevista entre un gentío impresionante y al día siguiente emite imágenes de Niña Pastori, Enrique Morente y Pitingo, esa noche también en distintos recintos de Córdoba y en la misma programación, pero ni una de El Cabrero

 Si la Televisión pública francesa produce un documental sobre El Cabrero, lo premian en el Festival de la Rose d’Or de Montreux, lo emiten más de 40 cadenas en cinco continentes y en el país de origen del protagonista tienen que esperar sus seguidores 25 años para verlo y gracias a que alguien lo grabó de la tv francesa y lo colgó en youtube… Así, un libro entero.

Claro que está muerto para los grandes medios que son, ellos y las Instituciones Públicas, quienes le han dado la cicuta. Sin embargo, no han podido evitar que uno que no existe ande por ahí cosechando ovaciones y molestando a gente con mucho poder.

Queridos amigos: visto lo visto, más vale recordar aquí que El Cabrero sigue en activo y que cantará precedido de su hijo, Emiliano Domínguez Zapata, el 8 de mayo en el Auditorio Pilar Bardem, de Rivas Vaciamadrid.

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Las etiquetas de El Cabrero

En sus cuarenta años de trayectoria a El Cabrero le han puesto siempre etiquetas ad hoc y, obviamente, con la intención de devaluar el producto. Todo comenzó en los 80, cuando un puñado de críticos influyentes no lograron digerir el éxito fulgurante de aquel muchacho de Aznalcóllar que no obedecía al prototipo del cantaor flamenco al uso, no venia recomendado por ninguna peña, no estaba en sus círculos de amiguetes ni parecía interesado en conseguir ese aval para su carrera y que, para colmo, en sus cantes no “dejaba títere con cabeza”. Y, cuando vieron que las etiquetas no hacían caer la venta del producto, optaron por etiquetar, con idéntica finalidad, a los compradores o sea, a los espectadores, a quienes tildaban de “masa” – y hasta “masa vociferante o enfurecida”- , eran “los que no saben de cante”, cuando ovacionaban a El Cabrero y calificaban de “aficionados”, “público”, “respetable” cuando los aplausos eran para los demás cantaores.

Un artículo en el blog “Flamencólicos”, que lleva un amigo, pone en boca de otros una etiqueta, que desconocía, y me ha dejado boquiabierta: “Canta plano”. El Cabrero canta plano… eso sólo se le puede ocurrir a uno que no entienda lo que es subir una octava, de poder a poder, cuando ya se está cantando al límite, con voz natural, de pecho, cosa habitual en sus recitales. O sea, que si una etiqueta le resbala al traje es precisamente esa y por ahí empiezo.

En el hit parade etiquetero destacan, por orden de abuso: “cantaor político”, “fandanguero”, “desafina”, aunque ésta última han dejado de colgársela cuando se dieron cuenta de que circulaban por esos “interneses” cientos de vídeos de sus conciertos y que quienes desafinaban por ahí eran ellos.

“Fandanguero”: creo que esta etiqueta la patentó Ortiz Nuevo, no estoy segura, tendría que revisar la hemeroteca y no vale la pena; lo que importa es que el término fandanguero fuera utilizado para rebajar la talla de un cantaor y eso tiene una explicación: en los años 70 el fandango estaba tácitamente prohibido en los grandes festivales tradicionales y doy fe de ello porque tuve que rechazar más de uno por ese motivo. El Cabrero sostenía que el fandango era un cante tan flamenco como cualquier otro y “donde no entraba el fandango, no entraba él”. Y, con la ayuda del respetable, que abarrotaba los recintos para escucharlo, El Cabrero le abrió las puertas de esos grandes festivales al fandango y éste defendió su sitio: poco a poco, todos los cantaores que sabían hacerlo, lo incluyeron en su repertorio. Y constataron que, como sucedía con El Cabrero, el público les aplaudía, generalmente, con más fuerza los fandangos que los demás cantes y que lo de “un fandango bien cantao, pone a la gente de pie” era una verdad como una montaña. Pero esta etiqueta, aplicada a El Cabrero y no a los demás, era excluyente: negarle su enorme talla de seguiriyero y de solearero, por quedarme ahí. Porque, si bien es uno de los grandes especialistas del fandango, no es menos cierto que, si el fandango no hubiera existido, él hubiera sido igualmente una primera figura: la fuerza de El Cabrero no está en el fandango, está en él.

Y ahora, la etiqueta del premio: “cantaor político”. Esa se la pusieron, a finales de los 70, unos cuantos “flamencólogos” franquistas, disfrazados de demócratas; ya sabemos que Franco prefería los sables a lo votos y por eso, decir “político” era mentar la bestia. Pero entre un “cantaor comprometido”, que lo es, y un “cantaor político” media un abismo. El primero, generalmente, paga un alto precio por su compromiso y el segundo, muy frecuentemente, se beneficia del apoyo, tácito o explícito, de quienes ostentan cargos políticos.

Por eso, “político” es la etiqueta menos apropiada para El Cabrero. Uno que no ha engordado su carrera con apoyos y subvenciones institucionales; que no ha recibido reconocimiento o premio alguno de manos del poder porque no los ha buscado; que ha hecho tropecientas giras internacionales sin ayudas públicas; obviado o vetado por las televisiones gestionadas por cargos políticos y que jamás ha aceptado servirse de un partido político, por afín que sea, como trampolín, es la antítesis del artista “político” porque éste, por lo general, tiene la rara virtud de no molestar al poder, ni a la derecha, ni a la izquierda, y el otro, el “comprometido”, suele incomodar al “poder”, a secas.

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Puestos a etiquetar a El Cabrero, lo suyo sería “comprometido y con todas las consecuencias”. Ser un hombre libre, que dice y canta lo que piensa sin obedecer disciplina, credo o interés partidista, no sólo es incompatible con la política: la libertad es una provocación y conlleva pagar un alto precio que El Cabrero siempre ha asumido de antemano. Por poner un ejemplo entre decenas: no canta en Málaga capital  – donde era un fijo – desde que el PP se hizo con el Ayuntamiento, en 1995. Normal. Aunque también hay que decir, en honor a la verdad, que ese mismo año entró IUCA en la alcaldía de Casabermeja – donde nuestro Cabrero cantaba un año sí y otro no – y, paradójicamente, ya no fue más… Da igual pero, obviamente, ya no es tan “normal” como lo de Málaga. Y por eso me ronda desde hace tiempo una pregunta: si al público de Casabermeja no le gustaba el cante de El Cabrero ¿Por qué repetía tantas veces en el festival antes de que IUCA gobernara? Y, en caso contrario, qué habrá podido suceder para que en los últimos 18 años, nuestro Cabrero no haya vuelto a pisar Casabermeja y tengan que ir sus vecinos a escucharlo a otros pueblos… Será que “desafina”, o que “canta plano”, o que es un “fandanguero” o un “político”… o las cuatro cosas a la vez.

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Yo no soy el animal que se calla por un pienso

Cuesta escribir sobre hechos acaecidos en 1983 en momentos tan dramáticos como los que estamos viviendo en 2012. Entonces nos estábamos “liberando” del miedo al franquismo, había sed de emancipación, confianza en el poder del pueblo y la caverna, aplastada por el triunfo arrollador del PSOE en el 82, se disfrazaba de demócrata porque no podían jugar a lo suyo, que estaba mal visto y era garantía de rechazo social. Hoy tenemos un gobierno y un partido en el poder con maneras calcadas del franquismo, que está desahuciando al pueblo y enriqueciendo a los poderosos, que aplica la fuerza como argumento, que legisla sin la menor sensibilidad social, amparado en una mayoría absoluta ilegítima (porque la consiguió con falsas promesas) y que se puede convertir en una amenaza para la democracia que, en 1983, nos parecía inviolable.

Esto se veía venir: se empieza por hacer de los nietos del dictador figuras amables de los programas de entretenimiento televisivo y se acaba por convencer, a aquellos que no conocieron cómo las gastaba el de El Ferrol, de que el abuelo, quizá, no había sido tan mala persona. A buenos observadores, pocas sorpresas: éste es un regreso al despotismo anunciado y, lo que es peor, tolerado tácitamente por buena parte de la clase política y por millones de ciudadanos que, con sus votos, lo han avalado.

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Y no quiero decir que en 1983 el panorama patrio no fuera manifiestamente mejorable o, al menos, a José se lo parecía: “Ya veremos qué hacen con tantos votos y con la esperanza que la gente ha puesto en ellos.. pero a mí, mientras no pongan en marcha una reforma agraria y acaben con el protagonismo de la iglesia, no me van a convencer”. Y fue, con Paco Ibáñez, Javier Krahe y un buen puñado de cantautores lúcidos y rebeldes, una voz discordante entre los artistas e intelectuales de la izquierda cuando la mayoría de ellos optaron por arrimarse al partido con más poder y apoyo ciudadano conocido hasta ahora.

No critiques a mi copla
y apréndela tú también.
Que corra de boca en boca
y el pueblo se entere bien
quién lo engaña y quién lo explota.

Que lo van a arreglar to
van diciendo por ahí.
Y se inventan un sermón
que te tienes que reír
de lo embusteros que son.

Estos dos fandangos, grabados en 1983, no dejaban dudas sobre la postura de El Cabrero que compartían muchos aficionados:

“…Después de aquello parecía imposible que las dos mil personas tuviesen más capacidad de entusiasmarse. Era realmente difícil el papel de cantar tras el torrente de Juan el Lebrijano. Y salió José‚ – el hombre que ama la libertad, en palabras del presentador – y armó el taco: ­ Qué barbaridad! ­qué‚ poderío! tan sólo plantar sus botas en las tablas y ya todo el mundo metido en el pañuelo. El Cabrero, reclamado como ningún otro por los amantes del autógrafo, rodeado siempre por la admiración de quienes adoran sus maneras y cuando canta le vitorean sin desmayo. La multitud entera, allí en Lebrija, cuna de cantes, alborotando ovación para El Cabrero”(J.L. Ortiz Nuevo, Diario 16, La Caracolá de Lebrija, Julio 1983)

“Serían las cinco de la madrugada y el público quería más y más “­Otra, José‚!” y otra les daba El Cabrero, puesto ya en figura cerrando el espectáculo en ese puesto que nadie quiere para sí, manque sea el destinado al principal, porque una de dos, o no te escucha nadie o la gente, no se cansa de pedir más cante. Y todo lo que pudo se lo dio José, El Cabrero, ese mito del flamenco contemporáneo que nada más salir electriza al personal en masa y los vuelve locos, vamos completamente locos”(J. L. Ortiz Nuevo, Diario 16, Festival de Torreblanca del Sol, 1983)

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“.. La Torre del Cante es uno de los festivales que convoca más alta concurrencia. De seis mil pasaban la otra noche, unos a escuchar otros por ir, bullendo por toda la madrugada en atención del arte… Pasaban ya las seis de la madrugada y en toda nuestra tierra, por gracia de las ondas de Radiocadena, se podían oír los vertiginosos fandangos de El Cabrero, en olor de gloria, Cabrero y Sousa, una pareja insólita: la fuerza salvaje de la sierra y el primor de un enamorado de Paco del Gastor, cosas que pasan en el Flamenco. (J. L. Ortiz Nuevo, Diario 16, Festival La Torre del Cante, 1983)

No pasó desapercibida la disconformidad de El Cabrero ni para los poderes ni para los medios afines, como se verá más adelante, y a José no lo pilló de sorpresa el precio que pagaría por no cantar a coro porque siempre sospechó que la factura sería proporcional al apoyo del respetable: cuanto más lo demandara la afición, más amplio sería el veto a su figura… y acertó de lleno.

Yo no soy el animal
que se calla por un pienso
yo no soy ese animal
porque tengo en mis adentros
una disconformidad
que me sirve de alimento

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de | 13/10/2012 · 18:16

Sin la iniciativa y el esfuerzo de las peñas pocos festivales se hubieran podido realizar (El Cabrero 1982)

“Me lo decía un compañero gallego: en Andalucía es donde se da más importancia, de todos los lugares de España, a la música autóctona. Y pienso que, en parte, lleva razón. Sólo en parte porque el andaluz de a pie sí tiene en cuenta nuestra riqueza musical, pero no así quienes pueden y deben – al menos lo proclaman reiteradamente en los periodos electorales – elevar el acervo cultural de este trozo de país”

Así arrancaba un artículo de Miguel Acal[i] de junio 1982. Si ese año se celebraron más de 100 festivales, casi todos subvencionados por los ayuntamientos ¿Por qué esa denuncia? Porque Miguel, muy vinculado a las Peñas, sabía que eran ellas quienes habían propiciado el milagro festivalero; que las ayudas municipales al flamenco eran muy inferiores a las destinadas a otras músicas y que, en definitiva, sin la iniciativa y el esfuerzo de las peñas pocos festivales se hubieran podido realizar.

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Pulpón gestionaba la agenda: como él era quien representaba al 98% de los artistas en activo, su famoso “cuadrante” era fiel reflejo de lo que acontecía en la programación flamenca urbi et orbe. Se decía que ponía y quitaba a quién le daba la gana y es que nunca llueve a gusto de todos; aquellos artistas que trabajaban menos que otros compañeros se lo achacaban siempre al representante. Yo pasé muchas mañanas en aquella oficina, porque así lo requería la abultadísima agenda de José, y asistía en directo a las conversaciones de Antonio con los organizadores, generalmente peñas flamencas: éstos le pedían determinados artistas y Pulpón le preguntaba a Mari Valle, su secretaria, si estaban libres tal día… siempre la misma dinámica. Y es lógico; las peñas estaban gestionadas por aficionados con criterio y libertad para decidir su programación y afirmar lo contrario me parece hasta ofensivo.

El funcionamiento era el siguiente: Pulpón publicaba a principios de año un listado de precios donde figuraban la inmensa mayoría de los artistas en activo (Siempre al terminar la temporada negociaba los cachés de la siguiente aconsejando, invariablemente, no subir y el artista decidía). Una vez publicada la lista y enviada a las Peñas y Ayuntamientos se iban formando los festivales en función de las preferencias de los organizadores, de la disponibilidad de los artistas y del presupuesto. No había otro misterio.

Y los Festivales crecieron, a principios de los 80[ii], con un vigor sólo comparable a la extraordinaria calidad de los artistas en activo, a la masiva respuesta del público y al entusiasmo y esfuerzo de las Peñas Flamencas. Sin embargo quienes sabían cómo confeccionar un cartel atractivo y jondo ignoraban hasta el propio significado de la palabra “producción”. Pulpón, que generalmente se limitaba a contratar los artistas solicitados, tampoco entraba en esos pormenores y cuando le trasladaba las quejas de José sobre el sonido o cualquier otro inconveniente su respuesta era siempre la misma: Señora, El Cabrero ha triunfado, lo demás no tiene importancia. Pero la tenía porque, con una producción correcta se hubieran evitado problemas, achacables tanto a Pulpón como a los propios artistas y organizadores, que mermaban la calidad del espectáculo.

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La desproporción entre lo que se invertía en la contratación de artistas y lo que se presupuestaba para el sonido o las infraestructuras era chocante y sólo algunos grandes festivales cuidaban ya estos aspectos. Pero se daban a veces carteles plagados de figuras con sonidos de tómbola; camerinos infradotados, insuficientes o inexistentes; barras revientaconciertos y dobletes imposibles. Poco a poco fueron mejorando y hoy se cuida más el sonido y no es concebible producir un festival sin contar con uno o varios camerinos para los artistas pero, en aquel tiempo, he visto bailaoras cambiarse detrás del escenario o un solo camerino para una docena de artistas (ellos volvían la cabeza cuando las señoras se vestían, y viceversa); camerinos sin espejo, sin agua y sin wc que obligaban a los artistas a utilizar los mismos lavabos que el respetable o dirigirse al bar más próximo y barras ruidosas funcionando, cerca del público, toda la noche (las barras abiertas durante las intervenciones musicales siempre me parecieron intolerables, salvo si están suficientemente alejadas del público y del escenario porque, entre miles de personas en silencio, basta con media docena bebiendo y charlando a voz en grito en la barra, para cargarse el festival).

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Luego estaban los famosos dobletes, de los que José no quería ni hablar pese a que Pulpón le proponía, cada año, un buen puñado: “en uno de los dos sitios no voy a estar a mi altura porque las cuerdas vocales no son de plástico; no aceptes ni un doblete”. Así rechacé sistemáticamente todos salvo cuatro o cinco en toda su carrera y siempre por idéntico motivo: a petición de los dos organizadores que se habían puesto de acuerdo para que El Cabrero abriera o cerrara sus respectivos festivales. Recuerdo un Jerez/Alhaurín de la Torre la misma noche y, sobre todo, Paterna de Rivera/Festival Juan Talega de Dos Hermanas 1981 donde José estaba programado para cerrar. Chiquetete, que le precedía, tuvo que prolongar su actuación más de media hora porque se les estropeó el coche y tuvo que ir Pulpón a recogerlos.  Llegó a casa consternado: cuando hizo su aparición en el recinto se había formado un auténtico revuelo interrumpiendo los aplausos la actuación de Chiquetete, comportamiento que a José no le gustó nada: “Lo pida quien lo pida no vuelvas a firmarme un doblete más; una cosa es llegar tarde por un problema de tráfico o de salud pero ¿por culpa de un doblete? Sentí bochorno cuando me recibieron con aplausos y se olvidaron de Chiquetete que me estaba haciendo el favor de aguantarlos allí hasta las tantas. A mí me tenían que haber reprochado llegar tarde y los aplausos para Antonio. Ni yo ni el público estuvimos a la altura de las circunstancias pero yo menos que nadie y no quiero verme de nuevo en ese trance.

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En muchas ocasiones fue José quien tuvo que prolongar su actuación para darle tiempo a llegar a algún compañero con doblete, circunstancia que siempre aprovechaba Pulpón para pintarle la cosa como normal – que lo hacen todos, Cabrero y hoy por ti mañana por mí – y pedirle que reconsiderara su postura. “Dile a Pulpón que mí no me molesta cantar el doble de tiempo si es preciso por echar una mano a quien sea y, como no conozco los problemas de cada casa, no juzgo a nadie pero no voy a hacer lo que creo que no está bien: no la hagas, no la temas”

Hace poco me pidieron que definiera, en una sola palabra, a El Cabrero. Me pareció superficial y castrante la pregunta pero no dudé ni un momento al responder: la coherencia.


[i] Ver en este blog “Un grito solo, desnudo, trágico… se modula solemnemente o se quiebra en mil pequeñas fiestas: el Flamenco (1981)

[ii] Ver en este blog: Creció el Flamenco y también el sentimiento de pertenecer a una tierra con grandes valores culturales que había que preservar (El Cabrero 1980)

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de | 18/03/2012 · 12:04

“Un grito solo, desnudo, trágico… se modula solemnemente o se quiebra en mil pequeñas fiestas: el Flamenco (1981)

Que yo recuerde, sólo dos veces, en 40 años de carrera, José se negó a cantar estando anunciado y con el público ya en sus asientos; una fue en Marbella a mediados de los 80 y la otra el 8 de septiembre de 1981 en Moguer (Huelva). En esta ocasión, Pulpón había suscrito un contrato con la Peña Flamenca para dar un recital en su el local social. Como el aforo era muy reducido y el espectáculo limitado a los socios y sus familias, con entrada gratis o a precio simbólico, se les hizo un precio de peña, (cincuenta mil pts. para José y veinte mil para Sousa), muy por debajo de lo que se cobraban por un festival o gala en recinto abierto al público.

Tal como indicaba el contrato, el 8 de septiembre José y Antonio Sousa se presentaron en la Peña Flamenca de Moguer pero allí no había ambiente de recital: sin previo aviso habían organizado el espectáculo en una caseta de feria y habían puesto la entrada a 400 pesetas: “Me quedé de piedra cuando uno muy exaltado me dijo que la actuación no era en la Peña que era en la feria… Tiramos el Sousa, Carrasco y yo pal recinto y lo primero que oí, al que estaba en la puerta vendiendo: ¡Qué cojones tienes: ya llevamos más de 700 vendidas!… El caso es que no me dieron una explicación que se tuviera en pie y les dije que, visto que habían tratado de engañarme, no iba a cantar en esa caseta. Me ofrecieron más dinero pero allí no cantaba ya a ningún precio porque no era cuestión de dinero si no de dignidad… me revienta que intenten engañarme con una rama de olivo, como a los borregos”. No sabemos qué explicación le darían al público para justificar la ausencia de José pero dudo mucho que les dijeran la verdad.

Pulpón opinaba que había que denunciarlos por incumplimiento de contrato pero José se negó; dijo que estaba ya harto de tanto papeleo: “Ya caerán en la cuenta de que no han ido por derecho”… Y lo dejamos ahí pensando que nos llamarían para pedir disculpas. Pero hicieron todo lo contrario al sentido común: lo demandaron ante la Magistratura de Trabajo de Huelva reclamándole daños y perjuicios… Cuando me lo comunicó Pulpón, que era quien había suscrito el contrato y era responsable subsidiario o algo por el estilo, estaba furioso: “eso no es lo peor, es que son tan miserables que han enviado un comunicado a las otras peñas para que no vuelvan a contratar a El Cabrero Y, puede ser casualidad pero, desde entonces, la relación de las peñas onubenses con José ha sido insignificante.

En Magistratura meses más tarde le darían la razón a José en sentencia que desestimaba la demanda y que los aguerridos peñistas recurrieron. También perdieron el recurso. Eso es todo lo que sucedió: un monumento a las buenas maneras y a la coherencia por parte de la directiva de la Peña Flamenca de Moguer, a mi juicio.

Como decía hace poco, no fue aburrido el año 81. Poco después de la actuación frustrada en Moguer nos comunicaron la sentencia del juicio por blasfemia: cinco meses de arresto mayor y cuarenta mil pesetas de multa. Guiote Ordóñez aconsejó recurrirla y eso hicimos. Estábamos a mediados de octubre y José a penas se había podido acercar, en meses, a las cabras. La gira de verano, de cuatro a cinco festivales por semana, fue agotadora: terminaban a altas horas de la madrugada y todos querían dejar a José para el final. Los más largos, el Castillo del Cante de Ojén, que José cerró veintitantas veces en su carrera, y el de la Parpuja de Chiclana; en ambos llegó a subirse al escenario ya con luz del día.

El Castillo del Cante de Ojén era entonces, con la Torre del Cante de Alhaurín, un festival puntero en la provincia de Málaga. Ambos patrocinados por los ayuntamientos y organizados por las peñas flamencas, en este caso “La Churruca”. Un recinto más limitado que el de Alhaurín pero con mucho encanto y un público fiel y entendido en uno de los pueblos más bonitos que conozco, rodeado de monte y a un tiro piedra del mar. Cante de poder a poder en ambos festivales y generalmente los carteles, configurados por auténticos aficionados, desde las peñas, permitían escuchar una gran variedad de estilos en la misma noche. Cierto que algunos cantes como la soleá, los fandangos, la bulería o la seguiriya se repetían a veces pero todos los aficionados sabemos que cualquiera de ellos acusan notables diferencias si son interpretados por Calixto Sánchez o por Chocolate, por poner un ejemplo con dos artistas entonces en activo. Por eso no estoy de acuerdo con quienes, desde los medios, ya a principios de los ochenta, pretendían que los festivales eran monótonos “porque siempre se escuchaban los mismos cantes”.

LUZ DE LUNA, CON PACO DEL GASTOR EN “EL ABANICO” DE CANAL SUR

La relación de los llamados flamencólogos con los festivales tiene mucho de paradoja: Cuando había casi un festival en cada pueblo y en algunos entraban miles de personas iniciaron una campaña de descalificación que, si bien no influyó demasiado en la afición, sí que hizo mella, poco a poco, en muchos alcaldes, más sensibles a las críticas de la prensa que al criterio de los ciudadanos. Y digo que es paradójico porque ahora que los festivales de verano andaluces son historia, los reivindican pero ya no sirve darle palitos a la mula moribunda.

De la campaña mediática contra los festivales hablaré más adelante y con mayor perspectiva porque me parece un tema relevante ya que al calor de la enorme popularidad del flamenco, en los 80, crecieron los flamencólogos como hongos y algunos, tan atrevidos como ignorantes, siguen en activo sin haberse superado del todo.

Ya he dicho que la opinión de los medios tenía muy poca influencia en el respetable, y lo sé por experiencia, por el mucho tiempo y esfuerzo que empeñaron en descalificar a José: primero al cantaor, luego al público que lo aplaudía y finalmente buena parte de su repertorio. A título de ejemplo, Luz de Luna, que grabó ese año con las guitarras de Antonio Sousa y Pepe Habichuela; fue machacada por la crítica y, pese a ello, se hizo imprescindible en todos sus conciertos. Treinta años después sigue siendo el cante más reclamado en los bises”.

Cuando se cumplen ya 10 años de la muerte de Miguel Acal quiero recordar una mañana en que me lo encontré a la entrada de la oficina de Pulpón y hablamos de los festivales y la opinión de la crítica. Miguel era un aficionado de pro; hecho en muchas noches de arte, sabía de flamenco y tenía el mejor programa de cante que recuerdo, Con Sabor Andaluz, en La Voz del Guadalquivir. Ponía la voz en la lectura de los textos Paco Sánchez, que entonces conducía un programa de rock en la misma emisora y es hoy un reconocido maestro de la fotografía flamenca. Soberbio programa de flamenco, con una careta insuperable: “Un grito solo, desnudo, trágico… (seguido de la queja lacerante de Chocolate, por seguiriya) Se modula solemnemente… (Juan Talega, templándose por soleá)… o se quiebra en mil pequeñas fiestas… (Lebrijano por bulerías): esta presentación, por si sola, ya ponía el vello de punta.

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Miguel Acal con Matilde Coral (foto de Paco Sánchez)

Pese a nuestras diferencias, él de derechas y nosotros todo lo contrario, Miguel nunca vetó a José y tuvimos una relación de afecto y respeto hasta su fallecimiento en 2002, que sentí mucho. Esa mañana, hablamos un rato de la incipiente tendencia de la crítica a considerar que los festivales eran demasiado largos, pesados y repetitivos. Se quedó muy pensativo cuando le apunté mi opinión y, como allí había flamencos entrando y saliendo, que se acercaban a saludarnos, quedamos en que le escribiría al respecto: “Vosotros, los que hacéis críticas de flamenco, podéis ver en un año una treintena de festivales, o más. Os tropezáis con los mismos artistas, obviamente, porque las figuras más solicitadas por su tirón popular no pasan nunca de media docena y festivales hay más de cien. Es lógico, por mucha afición que se atesore, que os resulte repetitivo pero para los aficionados locales, que esperan su festival durante todo un año, la cosa cambia y viven ese encuentro con el cante de manera muy diferente a vosotros; es la fiesta flamenca de su pueblo y no les importa dedicarle toda la noche, la prueba es que, cuando se queda para el final un artista de fuste, el público sigue en sus asientos sin medir el tiempo: es su noche flamenca, Miguel, no la tuya o la de tus compañeros de la crítica, y tampoco de los artistas. No podéis enfocar el tema desde vuestra experiencia porque está viciada por la costumbre…” Y me dio la razón.

Si me alargo hablando de Miguel, es que se lo merece porque era de los pocos flamencólogos[i] que sabían de cante y porque le tenía mucho afecto. Cierto que hubo de todo: encuentros y desencuentros, como en toda relación sincera, y no se rompió ni cuando se le ocurrió publicar que José ya no debía de dárselas de simple cabrero porque se había convertido en un gran ganadero con fincas propias, algo que no era cierto: José siempre ha sido un cabrero sin tierra y sólo una vez llegó a tener 500 cabras, no por ambición – ya que fueron casi nuestra ruina – si no por lo mucho que le gustan.

Una noche, José había cantado un fandango que, como tantos otros de su repertorio, no le gustaba a todo el mundo: “Al pobre de Jesucristo/ lo coronaron de espinas/ Por poco lo dejan tuerto/ los hijos de la gran puta/ ¿No es pa cagarse en sus muertos?” La llamada y reprimenda de Miguel, a las tantas de la madrugada, me pareció surrealista: “Elena, con este fandango José se ha pasado… es que le ha llamado hijos de puta a los judíos y sus descendientes se pueden dar por aludidos y X[ii] que me ha dicho que está pensando ir a denunciarlo al juzgado de guardia…” Lo primero que se me ocurrió fue reírme con fundamento: “Pero Miguel, corazón mío, si ese fandango se lo ha cantao Paco Toronjo hasta a la guardia civil! Además ¿desde cuándo tienen los antepasados de X algo que ver en lo de la crucifixión? ¿No es gitano por los cuatro costaos? En efecto, era una letra del Toronjo que nunca había escandalizado a nadie hasta que la cantó El Cabrero y los gitanos no tenían nada que reprocharse en la muerte del pobre de Jesucristo. “Mira Miguel, lo que faltaba ya, para darle colorido al ambiente flamenco es que X denuncie a un compañero, o a quien sea, por semejante gilipollez; aconséjale que no haga el ridículo, ya que eres su amigo”. Me aseguró que ya lo había hecho y no tengo la menor duda de que así fue.


[i]A Miguel no le gustaba nada el palabro

[ii]Omito el nombre del cantaor por respeto a la memoria de Miguel, ya que eran muy amigos y porque no tiene mayor importancia… sólo una anécdota



5 comentarios

de | 24/02/2012 · 13:18

Creció el Flamenco y también el sentimiento de pertenecer a una tierra con grandes valores culturales que había que preservar (El Cabrero 1980)

La década de los 80 se caracterizó, fundamentalmente, por el auge de los festivales flamencos de verano. Pocos pueblos de más de 2000 habitantes carecían de un festival anual, de mayor o menor envergadura, y raro era el alcalde andaluz que no se enorgulleciera de presentar el festival de su pueblo como prioridad en materia de cultura. Algunas cadenas de radio retransmitían cada semana varios festivales y ciertos programas dedicados al flamenco se hicieron tan populares que sus conductores eran ovacionados cuando se subían a presentar alguna de estas noches flamencas.

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VII Torre del cante – Más de 6000 personas acudieron a presenciarlo (junio 1980)

Y, sin embargo, fueron los llamados “flamencólogos” quienes iniciarían, desde sus respectivos medios, pocos años más tarde, la faena de acoso y derribo contra los festivales flamencos. Se lo advertí a Pulpón, que entonces aglutinaba el management de todos los flamencos, y no le dio importancia: “Señora, éstos de la prensa están enfadados porque no los contratan, como presentadores, todo lo que quieren y porque sus artistas amigos no son las figuras de los festivales”. (Ilustraremos esta observación en próximas entradas, con artículos de prensa sobre el particular)

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I Festival Juan Talega, en Dos Hermanas “El Cabrero sentó cátedra” (junio 1980)

Como la programación la hacían generalmente las peñas flamencas locales, sin intervencionismo de la administración, casi todos los artistas en activo participaban, en mayor o menor medida, en este circuito. Creció el Flamenco y también el sentimiento de pertenecer a una tierra con grandes valores culturales que había que preservar.

Los festivales siempre me han parecido la mejor fórmula de difusión para el flamenco. Por todo lo expuesto y porque, en definitiva, acercaban el flamenco de calidad a todas las comarcas andaluzas fomentando así la cantera en las diversas provincias. Porque propiciaban que los jóvenes valores locales compartieran escenario con los ya consagrados y se dieran a conocer del gran público y porque era en su propia tierra donde el flamenco tenía más posibilidades de desarrollo.

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Festival de Cante Grande de Puente Genil (Agosto 1980) Fosforito cantó a su pueblo

Pero, a mi juicio, lo más interesante de este circuito veraniego era que, al ser su festival el reflejo de la personalidad del pueblo organizador, se generaba una diversidad de criterios de programación muy enriquecedora y atractiva para el aficionado y para los artistas en formación. (Parecido formato tenían los festivales malagueños de Alhaurín de la Torre, de Ojén, Guaro y Ronda, por ejemplo, y sin embargo, cada uno podía presumir de tener su propio carácter)

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Cartel de 1980 en Barcelona

No hace mucho, Eva la Yerbabuena afirmaba que su vocación surgió al calor del festival de Ogíjares, a donde la llevaban sus padres de niña. Como ella, se puede decir que la mayoría de los artistas de su generación se aficionaron al flamenco gracias a los festivales de sus respectivos pueblos o comarcas y, a mi juicio, esa es una de las grandes aportaciones al futuro del arte jondo que han hecho los festivales veraniegos, hoy especie en extinción.

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de | 15/02/2012 · 16:28