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Marifé de Triana, cantaora de la copla

Despuntaba el alba del sábado 16 de febrero 2013 cuando recibí el mensaje de Anita: Marifé ha fallecido a las 5:45. Punzada en el estómago y pena profunda. Estábamos de gira. José cantaba esa noche en el Memorial Antonio Mairena de Hospitalet y nos pilló en la habitación de un hotel en Barcelona. Por lo mucho que le iba a afectar la noticia pensé ocultársela hasta que no terminara su recital pero, en algún momento, no pude acallar el llanto y se despertó. Huyó el sueño. Buscamos alivio en el recuerdo y pasamos de la lágrima a la sonrisa al hablar de ella, de su inmensidad como artista, de su voz, de su admirable manera de ser.

Confieso que la copla no es un género musical que escuche con frecuencia, más bien poco y sin embargo no pierdo ocasión de emborracharme de la voz de Marifé. Quizá porque ella es una cantaora de copla, con lo que eso significa de diferencia: quiebros y ayes flamencos, desgarro, riesgo, hondura, autenticidad. Pasa de la ternura a la pasión, de la dulzura al arrebato y quien la oye comparte todo eso naturalmente, llevado por la verdad de su cante.

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Cuando me llamó para decirme que iba a dejar los escenarios le rogué que no lo hiciera… la había escuchado días antes en un programa de tv y me hizo llorar de emoción. Su respuesta fue tan firme como lo eran sus convicciones: “Como suele decir tu marío, hay que estar a la altura de los cantes, o de las canciones y yo sé que ya no puedo hacer algunas cosas… quiero ser honesta conmigo misma y por eso me retiro”. Haría algunas apariciones esporádicas y programas de televisión y hasta el último momento estuvo a la altura, si no de sus mejores momentos, sí del sentimiento y el paladar de los aficionados.

De su grandeza como artista habla cualquiera de sus interpretaciones y de su calidad personal podemos dar fe todos los que hemos tenido el privilegio de disfrutar de su amistad o cualquiera que se haya relacionado con ella.

La conocí hace más de treinta años en una actuación inolvidable en Aznalcóllar. La saludamos al final y, como tantos allí, le expresamos nuestra admiración. Atendió a todos con la misma elegancia y cercanía. Más tarde, José ya con cierto nombre en el cante, decía en una entrevista que, para él, Marifé era la más grande, opinaba que no se podía cantar mejor que ella en su género y, a las pocas horas, nos llamó por teléfono; la admiración era mutua y nos remitió a una entrevista que le habían hecho meses antes donde elogiaba la voz de José y él, poco vulnerable a elogios y críticas, se emocionó: “Un piropo de Marifé, pa mí, es como el agua pal trigo cuando está despuntando… deja tú que combatan los malos vientos. Mientras el agua no falte,  que escriban lo que quieran los flamencólogos!”

No hay más que escuchar cómo quiebra y rompe la voz para deducir que Marifé era muy aficionada al flamenco. Hemos pasado horas al teléfono hablando sólo de cante. Coincidíamos en la preferencia por las voces naturales, de pecho y también en que todas las demás eran igualmente flamencas, haciéndolo bien. Ella sabía que no me tiraba la copla y raramente tocábamos el género. Una vez le hice un comentario jocoso sobre una famosa cantante que no me transmitía autenticidad y me respondió “No seas dura. Todos cantamos como somos, ella tiene esa personalidad y tiene sus seguidores”. Y llevaba razón Marifé: una cosa es la admiración, que la reparte una como siente, y otra el respeto, ése con el que ella siempre se refería a sus compañeras (y a cualquier otro ser).

Solía llamarla, aún emocionada, cuando la veía en algún programa de televisión e, invariablemente, respondía que para ella “ser buena persona” y tener el cariño de la gente estaba “por encima de lo artístico.” Y así era ella: una buena persona que nunca puso límites a su innata generosidad, discreta, ingeniosa, culta, coherente, cariñosa y una artista descomunal poseedora de una de las voces más hermosas y seguras que he escuchado. Fue tratada injustamente por las Instituciones Culturales Andaluzas; sufrió agravios comparativos que claman al cielo, fue omitida, ninguneada, discriminada y con ella muchos miles de seguidores que la saludamos como una de las figuras más grandes de la música andaluza.

Era una niña cuando  grabó Torre de Arena y su impacto en el público fue fulgurante. Hizo una carrera vertiginosa y, siendo  una estrella, vivió alejada del boato y los flashes,  y así se fue, discretamente.   Sus amigos y seguidores quedamos desolados y su  querida Anita, sin consuelo.

He tenido que hacerme a su ausencia para hablar de ella al pasado y me cuesta porque aún me resulta cercana su voz la última vez que me llamó. Ya luchaba contra el cáncer pero parecía llena de vida y había esperanzas de curación. Le prometí ir a almorzar con ella y no lo hice a tiempo. Nunca me lo reprocharé lo suficiente y llevaré grabada a jierro su voz y esta última conversación que quedó en un: “No te entristezcas, Elena,  porque voy a superar esto”… y yo me lo creí.

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de | 17/03/2013 · 11:53

Antonio Montoya El Farruco: cada día baila mejor

Hace tiempo que no decía nada en este blog pero hoy estuve viendo vídeos de Farruco, con Chocolate, Martín Revuelo y Luis Habichuela. De esto hace un buen rato y todavía sigo emocionao. Ya os hablé del Toronjo y de Camarón, y me quedé corto porque me canso pronto de escribir. Hoy quiero dejar aquí mi recuerdo a Farruco.

farruco  paco manzano

Se dice, entre los aficionaos al tango, que Gardel cada día canta mejor. Y es cierto. Hay grandes cantores pero no nació el que se arrime al Zorzal. Y, para mí, pa mi forma de entender el baile de hombre, Farruco sigue siendo el mejor, aunque ya no esté. Hay grandes bailaores, y los ha habido, pero él cada día baila mejor.

Ya se le han echao tos los piropos habidos y por haber, con justicia, porque Farruco encarnaba to lo que el baile de hombre tiene de seriedad, jondura, pasión, elegancia, fuerza, transmisión, técnica y arte a espuertas. Y ya he dicho que el flamenco ha dado grandísimos artistas del baile, algunos en su propia familia pero, pa mí, Farruco es quien más representa la esencia del baile.

Una personalidad que te impactaba aunque estuviera parao, o haciendo cualquier cosa. Hasta vendiendo en el mercaíllo atraía todas las miradas. Porque él, que era un artista descomunal, anduvo vendiendo por esos pueblos de la provincia. El y su familia de artistas. Venía a mi pueblo y, cuando podía, iba a saludarlo. Una vez, cuando ya me marchaba, uno que estaba cerca me dijo, “vaya tenderete con más arte, nosepueaguantá”. Era cierto, pero lo que yo pensé y respondí es que vaya vergüenza para una tierra, Andalucía, que sus mejores artistas tuvieran que ir de pueblo en pueblo vendiendo, por digno que eso sea.

Farruco tenía que haber bailao en esos pueblos donde iba vendiendo. En esas noches serenas de los veranos andaluces, con buen suelo, buena iluminación y buen sonido. Eso es lo que Farruco sabía hacer mejor que nadie en el mundo… Vergüenza me da escribir esto siendo andaluz. Se le reconoció, bueno… – no tanto como merece- pero no se hizo lo necesario para que artistas como él pudieran vivir dignamente de su arte, sobre todo cuando han nacido para eso: hay flamencos de academia y los hay que nacen con tos los avíos que requiere el Arte y esos son los Maestros, son el manantial, la fuente de inspiración pa los que vengan después. Farruco nació con el baile bien puesto. Él no decidió ser bailaor, tuvo que serlo porque fue el Arte quien decidió por él cuando aún estaba en el vientre de su madre.

Fuimos amigos más allá de lo profesional. Lo conocí hace muchos años, casi cuarenta. Pasé grandes momentos con él en tiempos en que los artistas que teníamos cosas en común nos hablábamos mirándonos firme a los ojos, sin prisa, como en el campo o en una choza. Y casi siempre hablábamos de cosas importantes para los dos: el cante y la familia. Tuve el privilegio de que me acompañara en alguna presentación de discos, él que no era mu aficionao a los actos de sociedad, como me pasa a mí.

Se decía que era altivo, orgulloso… Yo creo que todos los artistas, cuando estamos en el escenario, tenemos eso que se puede llamar orgullo en lo que hacemos allí y en el arte que representamos. Farruco sabía el alcance de su arte y ese orgullo se tiene pero en el trato personal era de dulce y era un Señor. Hace unos días Elena se encontró una invitación a la inauguración de su Peña… Debajo me escribía, de su puño y letra: “Si tu no vienes mi corazón llorará gotas de sangre”. Así era Antonio El Farruco, tan natural y humilde como inmenso.

Parece ser que, en lo tocante a la escritura, estaba de magisterio más o menos como yo, que junto las sílabas como me parece, pero, en lo suyo, Farruco cada día baila mejor.

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de | 01/02/2013 · 9:14

“…Pa que el pueblo sepa bien quién lo engaña y quién lo explota” Blog El Cabrero

En mi diario se entremezclan anotaciones sobre los discos Dale Alas y Que corra de boca en boca y es que se publicaron los dos en 1983… no sé cómo pudimos hacerlo y al mismo tiempo una gira de más de cien conciertos de febrero a noviembre.

Tuvo mucho éxito el primero pero Que corra de boca en boca gustó tanto que recibimos, vía Pulpón, oferta millonaria de Hispavox para un LP sólo de copla y canciones por bulería. Previsible la respuesta de El Cabrero: “No me gusta que me impongan lo que tengo que cantar. Si quieren un disco, el repertorio lo elijo yo”. Y no se hizo. No recuerdo un solo momento en estos cuarenta años de convivencia y relación profesional en que José haya antepuesto el interés económico a su independencia y siempre han sido innegociables la elección del repertorio y su negativa a participar en campañas de promoción al uso, otra exigencia de la discográfica: “Yo no voy a dejar el ganao para ir, como una marioneta, de la mano de la discográfica a tos los programas populares, aunque mi cante ahí no pegue ni con cola”.

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Escuchar el fandango que da título al disco: Que corra de boca en boca

Alguna vez nos confundimos – o nos engañaron, ya se verá cuando toque – y aceptamos participar en algún programa que prometía y que acabó como el rosario de la aurora.

Promocionando Que corra de boca, en Televisión Española, intervino, cantando, en un programa donde los entrevistados eran Santiago Carrillo y Jorge Verstrynge. Carrillo le habló del campo. “Ah, el campo, esa paz, un buen libro…” y no lo dejó terminar: “¿Un libro? ¡Andando o a pie firme nos comemos los cabreros el almuerzo la mayoría de las veces! ¿No sabe Usted que en el campo no hay más que lindes? ¿Que las vereas están usurpadas y que ya no queda ni un descansadero ni un abrevadero para el ganao? ¿Que tiene uno los dedos de las manos gastaos de tirar piedras para que el ganao no se coma lo que está sembrao en terreno público, porque luego viene la guardia civil y encima te multa en vez de multar al que usurpa la verea? ¡Un buen libro! Y ahí se quedó la conversación.

“Entre lo mejor del año: el encuentro con Alberto Cortez” escribí el 30 de diciembre 83 en mi diario; hoy digo que fue lo mejor.

Versión íntima de Amor mío en la Peña de Vva de Algaidas, con Rafael Rodríguez

A la Hispavox, y al público, lo que le más le había impactado de disco eran las dos versiones por bulería, composiciones de Alberto Cortez, que abrían las dos caras del LP: Amor mío y La lluvia, ese magnífico soneto de Jorge L. Borges, con música de Alberto, que sigue en su repertorio tantos años después, siempre joven para El Cabrero y para la afición.

La lluvia, soneto de J.L.Borges y música de Alberto Cortez

El productor de Surcosur[i] nos dijo que no era preciso pedirle autorización para las versiones, bastaba con registrar los temas en la SGAE, pero eso no nos pareció correcto y le telefonee a Puerto Rico, donde estaba de gira. Nunca antes habíamos hablado y se sorprendió; por la llamada y por la elección de los temas aunque, esto último, sólo lo supimos años más tarde, charlando con él. Y llevaba razón porque las canciones no estaban entre las populares de su repertorio.

Pero, de Alberto Cortez, grandes amigos él y su mujer Renata, os hablará el propio Cabrero un día de estos. Sólo decir que comparto la admiración, el respeto y el cariño que José siente por el inmenso cantor argentino, que su voz y su obra me parecen monumentales y que tiene innumerables canciones insuperables, sea en el contenido literario o musical, sea en su interpretación, sólo a la altura de los más grandes.

 

Os ofrezco, como ilustración las versiones de El Cabrero de Amor mío y de La lluvia pero no encontré en youtube vídeos con la  inconmensurable interpretación de Alberto Cortez de los originales. Os remito a su página y os dejo algo de él igualmente grandioso: El amor desolado con letra de J. F. Dicenta. Lo estoy escuchando por enésima vez y me estremezco, enorme: no hay quién cante así. Os lo recomiendo vivamente


[i] Discográfica sevillana que publicó Dale Alas y Que corra de boca en boca

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de | 21/12/2012 · 11:26

Camarón fue un cantaor viejo desde niño (blog El Cabrero 40 aniversario)

Me paso poco por este blog pero me ha recordao Elena que se cumplen 20 años que nos dejó Camarón.

Era un día de mucho calor. Yo estaba sesteando con las cabras a 17 Km. del pueblo, cerca de la finca que tiene Diego Puerta en Sanlúcar la Mayor. Vino Elena a darme la mala noticia y, menos mal que no se le ocurrió esperar a la noche pa decírmelo, porque me encontró dormido, entre las cabras, a pleno sol. Me había tendido a la sombra de un eucalipto contando dar una cabezá pero había estado cantando la noche antes y me venció el sueño. La sombra siguió su curso natural y me estaba achicharrando allí pero podía más el cansancio que la calor.

Ya estábamos enterados de lo malito que estaba Camarón pero siempre había esperanzas porque era joven y fue un mazazo.

Él y yo nos movíamos en ambientes diferentes en nuestra vida diaria pero fue con el cantaor que coincidí más veces y hasta nos organizaron algún “mano a mano”. En los años ochenta hasta en los pueblos más pequeños se podía disfrutar de las figuras del cante, del baile y de la guitarra. Recuerdo una noche con La Paquera, El Sordera, Lebrijano, Aurora Vargas, Camarón y yo y, al baile, Manuela Carrasco. Y carteles de ese tipo había muchos por esos pueblos hasta que la Agencia del Flamenco se metió a agente artístico y se cargó los festivales de los pueblos de Andalucía para llevar el flamenco a Nueva York, a París y a esas grandes ciudades donde el flamenco no es más que un espectáculo porque no forma parte de su cultura.

Camarón fue un cantaor viejo desde niño. Yo lo apreciaba y lo admiraba. Me gustaba cantar con él y siempre que podía escuchaba su recital. Era diferente a tos, tenía un grave muy hermoso y arriesgaba siempre. Transmitía, tenía carisma y conocimiento de los cantes y creó un estilo inconfundible que tiene muchos seguidores, todos a años luz de él.

En camerinos andaba muy a su aire pero siempre nos saludábamos y, si había tiempo y buen ambiente, charlábamos un momento. Más de una vez, cuando me decía que estaba “regulá”, le dije: Vente conmigo al campo. Allí tengo una casa vacía pa ti y pa tu gente. Tú y yo salimos con las cabras, al paso de ellas, yo llevaré el agua y la comida pa que tú no tengas que aguantar peso. Vamos despacio y cuando te canses paramos. Si haces eso, al mes, estás fuerte como un roble. El y Carapalo se reían y él siempre me decía “José, yo sé que tú me lo dices de corazón” Y estoy convencido de que le hubiera sentado muy bien cambiar a una vida natural un tiempo por su salud y porque encontraría otros alicientes.

Pero Camarón vivió como quiso sabiendo lo que arriesgaba y yo no sé lo intensa que fue su vida pero sé lo mucho que sembró su voz y lo profunda que es su huella. Puede que nazcan figuras de tanta personalidad y garra como él pero creo que yo no las voy a conocer.

José El Cabrero

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de | 02/07/2012 · 12:27

“Un grito solo, desnudo, trágico… se modula solemnemente o se quiebra en mil pequeñas fiestas: el Flamenco (1981)

Que yo recuerde, sólo dos veces, en 40 años de carrera, José se negó a cantar estando anunciado y con el público ya en sus asientos; una fue en Marbella a mediados de los 80 y la otra el 8 de septiembre de 1981 en Moguer (Huelva). En esta ocasión, Pulpón había suscrito un contrato con la Peña Flamenca para dar un recital en su el local social. Como el aforo era muy reducido y el espectáculo limitado a los socios y sus familias, con entrada gratis o a precio simbólico, se les hizo un precio de peña, (cincuenta mil pts. para José y veinte mil para Sousa), muy por debajo de lo que se cobraban por un festival o gala en recinto abierto al público.

Tal como indicaba el contrato, el 8 de septiembre José y Antonio Sousa se presentaron en la Peña Flamenca de Moguer pero allí no había ambiente de recital: sin previo aviso habían organizado el espectáculo en una caseta de feria y habían puesto la entrada a 400 pesetas: “Me quedé de piedra cuando uno muy exaltado me dijo que la actuación no era en la Peña que era en la feria… Tiramos el Sousa, Carrasco y yo pal recinto y lo primero que oí, al que estaba en la puerta vendiendo: ¡Qué cojones tienes: ya llevamos más de 700 vendidas!… El caso es que no me dieron una explicación que se tuviera en pie y les dije que, visto que habían tratado de engañarme, no iba a cantar en esa caseta. Me ofrecieron más dinero pero allí no cantaba ya a ningún precio porque no era cuestión de dinero si no de dignidad… me revienta que intenten engañarme con una rama de olivo, como a los borregos”. No sabemos qué explicación le darían al público para justificar la ausencia de José pero dudo mucho que les dijeran la verdad.

Pulpón opinaba que había que denunciarlos por incumplimiento de contrato pero José se negó; dijo que estaba ya harto de tanto papeleo: “Ya caerán en la cuenta de que no han ido por derecho”… Y lo dejamos ahí pensando que nos llamarían para pedir disculpas. Pero hicieron todo lo contrario al sentido común: lo demandaron ante la Magistratura de Trabajo de Huelva reclamándole daños y perjuicios… Cuando me lo comunicó Pulpón, que era quien había suscrito el contrato y era responsable subsidiario o algo por el estilo, estaba furioso: “eso no es lo peor, es que son tan miserables que han enviado un comunicado a las otras peñas para que no vuelvan a contratar a El Cabrero Y, puede ser casualidad pero, desde entonces, la relación de las peñas onubenses con José ha sido insignificante.

En Magistratura meses más tarde le darían la razón a José en sentencia que desestimaba la demanda y que los aguerridos peñistas recurrieron. También perdieron el recurso. Eso es todo lo que sucedió: un monumento a las buenas maneras y a la coherencia por parte de la directiva de la Peña Flamenca de Moguer, a mi juicio.

Como decía hace poco, no fue aburrido el año 81. Poco después de la actuación frustrada en Moguer nos comunicaron la sentencia del juicio por blasfemia: cinco meses de arresto mayor y cuarenta mil pesetas de multa. Guiote Ordóñez aconsejó recurrirla y eso hicimos. Estábamos a mediados de octubre y José a penas se había podido acercar, en meses, a las cabras. La gira de verano, de cuatro a cinco festivales por semana, fue agotadora: terminaban a altas horas de la madrugada y todos querían dejar a José para el final. Los más largos, el Castillo del Cante de Ojén, que José cerró veintitantas veces en su carrera, y el de la Parpuja de Chiclana; en ambos llegó a subirse al escenario ya con luz del día.

El Castillo del Cante de Ojén era entonces, con la Torre del Cante de Alhaurín, un festival puntero en la provincia de Málaga. Ambos patrocinados por los ayuntamientos y organizados por las peñas flamencas, en este caso “La Churruca”. Un recinto más limitado que el de Alhaurín pero con mucho encanto y un público fiel y entendido en uno de los pueblos más bonitos que conozco, rodeado de monte y a un tiro piedra del mar. Cante de poder a poder en ambos festivales y generalmente los carteles, configurados por auténticos aficionados, desde las peñas, permitían escuchar una gran variedad de estilos en la misma noche. Cierto que algunos cantes como la soleá, los fandangos, la bulería o la seguiriya se repetían a veces pero todos los aficionados sabemos que cualquiera de ellos acusan notables diferencias si son interpretados por Calixto Sánchez o por Chocolate, por poner un ejemplo con dos artistas entonces en activo. Por eso no estoy de acuerdo con quienes, desde los medios, ya a principios de los ochenta, pretendían que los festivales eran monótonos “porque siempre se escuchaban los mismos cantes”.

LUZ DE LUNA, CON PACO DEL GASTOR EN “EL ABANICO” DE CANAL SUR

La relación de los llamados flamencólogos con los festivales tiene mucho de paradoja: Cuando había casi un festival en cada pueblo y en algunos entraban miles de personas iniciaron una campaña de descalificación que, si bien no influyó demasiado en la afición, sí que hizo mella, poco a poco, en muchos alcaldes, más sensibles a las críticas de la prensa que al criterio de los ciudadanos. Y digo que es paradójico porque ahora que los festivales de verano andaluces son historia, los reivindican pero ya no sirve darle palitos a la mula moribunda.

De la campaña mediática contra los festivales hablaré más adelante y con mayor perspectiva porque me parece un tema relevante ya que al calor de la enorme popularidad del flamenco, en los 80, crecieron los flamencólogos como hongos y algunos, tan atrevidos como ignorantes, siguen en activo sin haberse superado del todo.

Ya he dicho que la opinión de los medios tenía muy poca influencia en el respetable, y lo sé por experiencia, por el mucho tiempo y esfuerzo que empeñaron en descalificar a José: primero al cantaor, luego al público que lo aplaudía y finalmente buena parte de su repertorio. A título de ejemplo, Luz de Luna, que grabó ese año con las guitarras de Antonio Sousa y Pepe Habichuela; fue machacada por la crítica y, pese a ello, se hizo imprescindible en todos sus conciertos. Treinta años después sigue siendo el cante más reclamado en los bises”.

Cuando se cumplen ya 10 años de la muerte de Miguel Acal quiero recordar una mañana en que me lo encontré a la entrada de la oficina de Pulpón y hablamos de los festivales y la opinión de la crítica. Miguel era un aficionado de pro; hecho en muchas noches de arte, sabía de flamenco y tenía el mejor programa de cante que recuerdo, Con Sabor Andaluz, en La Voz del Guadalquivir. Ponía la voz en la lectura de los textos Paco Sánchez, que entonces conducía un programa de rock en la misma emisora y es hoy un reconocido maestro de la fotografía flamenca. Soberbio programa de flamenco, con una careta insuperable: “Un grito solo, desnudo, trágico… (seguido de la queja lacerante de Chocolate, por seguiriya) Se modula solemnemente… (Juan Talega, templándose por soleá)… o se quiebra en mil pequeñas fiestas… (Lebrijano por bulerías): esta presentación, por si sola, ya ponía el vello de punta.

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Miguel Acal con Matilde Coral (foto de Paco Sánchez)

Pese a nuestras diferencias, él de derechas y nosotros todo lo contrario, Miguel nunca vetó a José y tuvimos una relación de afecto y respeto hasta su fallecimiento en 2002, que sentí mucho. Esa mañana, hablamos un rato de la incipiente tendencia de la crítica a considerar que los festivales eran demasiado largos, pesados y repetitivos. Se quedó muy pensativo cuando le apunté mi opinión y, como allí había flamencos entrando y saliendo, que se acercaban a saludarnos, quedamos en que le escribiría al respecto: “Vosotros, los que hacéis críticas de flamenco, podéis ver en un año una treintena de festivales, o más. Os tropezáis con los mismos artistas, obviamente, porque las figuras más solicitadas por su tirón popular no pasan nunca de media docena y festivales hay más de cien. Es lógico, por mucha afición que se atesore, que os resulte repetitivo pero para los aficionados locales, que esperan su festival durante todo un año, la cosa cambia y viven ese encuentro con el cante de manera muy diferente a vosotros; es la fiesta flamenca de su pueblo y no les importa dedicarle toda la noche, la prueba es que, cuando se queda para el final un artista de fuste, el público sigue en sus asientos sin medir el tiempo: es su noche flamenca, Miguel, no la tuya o la de tus compañeros de la crítica, y tampoco de los artistas. No podéis enfocar el tema desde vuestra experiencia porque está viciada por la costumbre…” Y me dio la razón.

Si me alargo hablando de Miguel, es que se lo merece porque era de los pocos flamencólogos[i] que sabían de cante y porque le tenía mucho afecto. Cierto que hubo de todo: encuentros y desencuentros, como en toda relación sincera, y no se rompió ni cuando se le ocurrió publicar que José ya no debía de dárselas de simple cabrero porque se había convertido en un gran ganadero con fincas propias, algo que no era cierto: José siempre ha sido un cabrero sin tierra y sólo una vez llegó a tener 500 cabras, no por ambición – ya que fueron casi nuestra ruina – si no por lo mucho que le gustan.

Una noche, José había cantado un fandango que, como tantos otros de su repertorio, no le gustaba a todo el mundo: “Al pobre de Jesucristo/ lo coronaron de espinas/ Por poco lo dejan tuerto/ los hijos de la gran puta/ ¿No es pa cagarse en sus muertos?” La llamada y reprimenda de Miguel, a las tantas de la madrugada, me pareció surrealista: “Elena, con este fandango José se ha pasado… es que le ha llamado hijos de puta a los judíos y sus descendientes se pueden dar por aludidos y X[ii] que me ha dicho que está pensando ir a denunciarlo al juzgado de guardia…” Lo primero que se me ocurrió fue reírme con fundamento: “Pero Miguel, corazón mío, si ese fandango se lo ha cantao Paco Toronjo hasta a la guardia civil! Además ¿desde cuándo tienen los antepasados de X algo que ver en lo de la crucifixión? ¿No es gitano por los cuatro costaos? En efecto, era una letra del Toronjo que nunca había escandalizado a nadie hasta que la cantó El Cabrero y los gitanos no tenían nada que reprocharse en la muerte del pobre de Jesucristo. “Mira Miguel, lo que faltaba ya, para darle colorido al ambiente flamenco es que X denuncie a un compañero, o a quien sea, por semejante gilipollez; aconséjale que no haga el ridículo, ya que eres su amigo”. Me aseguró que ya lo había hecho y no tengo la menor duda de que así fue.


[i]A Miguel no le gustaba nada el palabro

[ii]Omito el nombre del cantaor por respeto a la memoria de Miguel, ya que eran muy amigos y porque no tiene mayor importancia… sólo una anécdota



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de | 24/02/2012 · 13:18

Mi recuerdo al gran Paco Toronjo (El Cabrero)

He recibido un buen puñao de mensajes pidiéndome que escriba más aquí pero, por el momento, no puedo y os voy a decir por qué: me levanto a las 6 de la mañana todos los días. Ordeño, barro los corrales y echo el pienso. Vuelvo a casa un momento para comer algo y echar una cabezá y salgo de nuevo para el campo. Cuando encierro las cabras es noche cerrá y, la mayoría de las veces, después de cenar me duermo porque ya no tiene uno treinta años (¡quién los pillara!). Algunas noches Elena me lee lo que hay escrito y vuestras respuestas y, hasta ahí llego.

Pero, el otro día nombré a Paco Toronjo y me quedé con ganas de hablaros más de él, porque ha sido el más grande en su especialidad y porque fuimos amigos. En mi carrera, me he llevao bien con todos mis compañeros, con algunos coincidí más veces y a esos les tengo más cariño pero hay otros, como Paco Toronjo, que han sido mis amigos en los escenarios y en la vida privada.

Cuando yo era un zagalote, participó en un concurso, Lluvia de estrellas, que duró un montón de tiempo y Paco lo ganaba to, una semana y otra… nadie podía con él y yo siempre pegao al transistor: ¡no se podía cantar mejor por fandangos de Huelva! Tenía una voz que parecía hecha pa esos cantes y aquel temperamento que, en un arrebato, te metía el cante en las tripas.

La primera vez que canté con él fue en la Feria de Sevilla. Paco seguramente estaría allí contratao y yo aún no me dedicaba a esto; me echó cuenta y estuvimos cantando un montón de tiempo… Yo, aprendiendo, pero, desde el principio, cuando que me he adentrao en los cantes de Huelva, siempre me ha parecido recorrer un paisaje familiar. Mi pueblo, Aznalcóllar, es mu aficionao al fandango, está pegao a la provincia de Huelva y el paisaje es el mismo. También los dejes, los sabores, los olores y la forma de vida se parecen; las fronteras ¿quiénes serían los mandamases que las dibujaron? Fronteras, para mí, son las montañas o el mar, puestas por la naturaleza el resto sólo son barreras artificiales entre vecinos.

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Mis primeros tiempos en La Trocha de Sevilla

Fue en la Trocha[i] donde hicimos amistad porque los dos cantábamos allí muy a menudo: él como una figura del fandango y yo que, al principio, lo mismo cantaba por fandangos o por malagueña que silbaba músicas de Ennio Morricone o cantaba Las Palmeras, de otro de mis grandes amigos: Alberto Cortez. Luego, cuando grabé el primer disco y me dediqué a esto, seguí yendo a La Trocha pero ya como cantaor.

Paco, además de su gran talento cantaor tenía mucha comunicación con el público. Una vez, en Aracena, hacíamos un mano a mano. Los dos de pie; él con un vaso de güisqui y yo con una botella de agua cuando, desde las butacas, uno, con una cabeza mu grande, le dijo: Paco, no bebas más que ya estás borracho y miró pal tío, luego pa mí, como diciéndome ahora verás, se acercó al micro: ¿De dónde habrá salío el carnero éste? Y luego: Aquí, los tontos ¿A qué hora se acuestan? y, como tenía fandangos pa to, le cantó: “Zahúrda, eres el mayor berraco, que sale de una zahúrda, y aquí tengo el sacatraco, pa sacudirte las pulgas, que tienes en el sobaco”… La gente, con Paco, se emocionaba y también se reía. Con él tengo un saco de anécdotas vividas pero lo importante, para mí, es lo que Toronjo significó como cantaor.

Fue una víctima de aquella marginación contra el fandango, en la época en que él se encontraba más potente de recursos. Su obra grabada es un monumento a los cantes de Huelva y, cuando le empezaron a fallar las fuerzas, adaptó el fandango a sus facultades y siguió emocionando y transmitiendo chorros de autenticidad y de perfumes de su tierra.

Repaso a la trayectoria de Paco Toronjo con algunos momentos impagables en el Alosno: “veinte guitarras tocando/ y toas le dan el dejillo/ que se merece el fandango”.

Su cante es puro paisaje, sin contaminación; fandangos que antes sonaban folclóricos él los engrandeció y los hizo flamencos en su voz, sin desvirtuarlos ni restarles sabor. Si Paco no hubiera existido, seguro que el fandango de Huelva nunca hubiera tenido la dimensión que él le dio. Y, sin embargo, he tenido que escuchar, más de una vez, en su propia tierra, allá por los 80, a algunos aspirantes a cantaores, que se quedaron en el intento, decir que Paco había desvirtuao el fandango… que no lo hacía como era… que a veces no lo cuadraba… “Aquí, los tontos ¿a qué hora se acuestan?” … He sentido la envidia de otros en mis propias carnes y la reconozco por la pisá y, para esos envidiosos va esto, en desagravio al gran Paco Toronjo: “To aquel que no esté a tu altura/ será quien más te critique/ Y es tan ciega su andadura/ que aunque la venda le quites/ nunca verá su estatura”

Algunas veces me había dicho “Sobrino, un día de estos le vamos a decir a la Elena que organice un espectáculo para los dos, por fandangos” y un buen día se encajó por sorpresa, a media tarde, en el corral de las cabras, cuando ya vivíamos en Dos Hermanas. Venía vestido con una gabardina que le llegaba a los tobillos, unas gafas negras mu grandes y una gorra visera encasquetá hasta el mocho y se plantó en medio la puerta: “Ya te puedes disfrazar de lo que quieras, que te conozco”, recuerdo que le dije. Nos dimos un abrazo y nos fuimos pa casa y tuvo al del taxi esperando en la puerta más de tres horas. Quedamos en que Elena iba a organizar ese espectáculo para los dos y ella le puso “Dos voces para el fandango”. Hacía Paco una primera parte de fandangos él solo, luego yo la segunda con mi repertorio – soleá, seguiriya, malagueña… y al final salíamos los dos de pie a hacer fandangos a porfía, con el acompañamiento de las dos guitarras, Paco del Gastor y Segundo, que le tocaba a Paco. Era un buen espectáculo y muy encendío, con mucho contacto con el público y las ovaciones eran apoteósicas. Todavía recuerdo la emoción de Onofre López que decía: ¡esto no está pagao con na! ¡Esto no tiene precio!

A Paco le decían que yo estaba ganando mucho dinero con sus fandangos y él, que era “el creador”, no pisaba escenario. Que eso no era cierto lo sabía Paco, yo y cualquier aficionao: ni él era el creador de su repertorio (en el flamenco sólo hay recreaciones) ni yo del mío: los dos bebimos de las fuentes que nos dio la gana y, ni Paco creó el fandango de Juan Mº Blanco, de Sta Bárbara, de Bartolo, del Comía, de Valverde…  ni yo los compases de la bulería Luz de Luna o el fandango de Calaña, o Como el Viento de Poniente que son los cantes que más me han pedido en toda mi trayectoria. Nadie mejor que un cantaor conoce la dimensión de sus compañeros aunque no siempre, cuando le preguntan, dice lo que piensa. Paco les seguía la corriente y luego, cuando nos veíamos, me lo contaba sabiendo que a mí me daba igual de to eso. Alguno, como Manolo Bohórquez[ii], le había llegao a decir que yo me estaba forrando imitándolo a él. Muy inteligente, Bohórquez… y por seguiriya, por soleá, por malagueña, serrana, bulería, también imitaba al Toronjo, como si El Cabrero no existiera. Nunca me he puesto en la personalidad de otro porque mi yo, y lo que lleva dentro, necesita espacio y no cabe nadie más.

Paco, como toda montaña que se precie, tenía sus aristas pero a los amigos se los quiere como son y yo lo quería mucho y lo admiraba aún más. Trabajamos juntos, vivimos juergas, él estuvo en mi casa y yo en la suya, nos perdimos juntos por ahí hasta tres días, cantamos, bebimos, cada uno lo que nos dio la gana, nos reímos hasta de nosotros mismos, pero nunca jamás nos perdimos el respeto.

La última actuación “profesional” que le vi fue en Ayamonte y ya estaba tocao. Luego ya sería en homenajes que se le hicieron en Huelva pero tienen mucho que contar y no es el momento.



[i] Sala de fiestas, en la Ronda de Capuchinos, de Sevilla propiedad de los hermanos que formaban el grupo de sevillanas “Los de La Trocha”.

[ii] Crítico de El Correo de Andalucía

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