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Y si no, que se lo pregunten a las borregas

Un amigo ecologista me envió unas fotos de las borregas por el Paseo de la Castellana de Madrid y es pa ponerse a cavilar.  Porque eso es hacerles pasar un mal rato; ni hierba, ni monte: hormigón, contaminación y al paso que le conviene al pastor, no a ellas… ¿Agua? ¿Alguien se ha preguntado cómo sienta en las pezuñas el asfalto caliente?

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Está claro que los compañeros, los pastores que van a esa Fiesta de la Trashumancia, no opinan, como yo, que es una tortura para los animales. Hasta para mí lo sería, que me llevaran, para una fiesta, andando desde la Casa de Campo hasta el centro de Madrid. Y es que yo veo las cosas como un animal más, eso sí: “un animal que canta, por el hecho de pensar”

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Yo digo que las vereas hay que reivindicarlas en el tajo, donde el ganao tiene el paso natural, el careo, y si es preciso, comerse lo que esté sembrao en terreno público, que eso es lo que les duele a los terratenientes. Porque, las Cañadas tienen 75 metros de ancho; los Cordeles 37,5 y las Veredas 20 metros y  la mayoría, los propietarios colindantes, las han sembrado o vallado y han dejado justo el espacio para poder pasar ellos con sus cosechadoras.

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A principios de los años setenta me puse a reivindicar las Vías Pecuarias, en mi pueblo, con la ayuda de Elena que era la que procuraba que no me metieran preso por desobediencia a la autoridad. Ya ni recuerdo cuántas veces fui al Cuartel de la Guardia Civil y a juicio. Entonces no había “Ecologistas” ni nadie que hablara de esos caminos de ganado. Ni el abogado sabía qué eran las Vías Pecuarias pero salí siempre absuelto porque la información que me había dado Elena sobre las medidas de cada verea era de ley.

Durante más de diez años fue una lucha sólo en familia pero en 1989 tuve un altercado con la guardia civil de mi pueblo en una verea y fue bastante sonado en los medios de comunicación. IUCA llevó el asunto al Parlamento Andaluz, con un escrito que escribió Elena, exigiendo que se cumpliera la ley y normativa de las Vías Pecuarias y que se deslindara. Lo aprobaron por unanimidad. Luego, no hicieron nada… y Elena, cada año, mandaba un telegrama a todos los grupos políticos recordándoles que lo que habían votado no lo habían cumplido y nunca le contestaron sus señorías.

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Bueno sí, uno se prestó pa lo que se necesitara y fue nuestro viejo amigo Antonio Romero. Era diputado en Madrid por IU y Elena le pidió que le hiciera en el Pleno del Congreso una pregunta al Ministro de Defensa: Si era cierto que las Vías Pecuarias, usurpadas, cercadas y hasta cortadas, constaban, en la cartografía del ejército, como vías de evacuación de la población en caso de catástrofe. Y el ministro dijo que sí y “fin de la cita”

O sea, que el tema ha entrado en Congreso y en el Parlamento de Andalucía pero no en las vereas que ahí están: usurpadas, cortadas, valladas y envenenadas porque llega la química que le echan a los sembrados hasta el borde del camino.

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Por eso les digo a mis compañeros, los pastores y cabreros, que creo que esto no se arregla ni con “Sus Señorías” ni con reivindicaciones en el Paseo de la Castellana. Se arregla, en el tajo.

Y que piensen que a lo del Paseo de la Castellana le llaman Fiesta de la Trashumancia y, siempre que se utiliza a algún animal para una fiesta, maltrato seguro. Y si no, que se lo pregunten a las borregas.

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“Señora, con la Iglesia hemos topao ¡Ni que el Cabrero fuera el estrangulador de Boston!” (El Cabrero 1981)

Entre lo apretado de la gira de 1980 y los problemas con los pelentrines nos habíamos olvidado de lo acaecido en Alcolea de Córdoba[i] cuando recibimos una citación del juzgado: El fiscal calificaba lo sucedido como delito de blasfemia, le pedía 5 meses de arresto mayor y 50.000.- pesetas de multa. Así, José despedía el año procesado por dos delitos: desacato y agresión a la autoridad y blasfemia: “No sé qué me indigna más, lo de Lucas[ii] o lo de la blasfemia… si pa mi dios no existe ¿Quiénes son estos inquisidores para denunciarme en nombre de un dios que nadie ha visto en la vida? ¿Él se ha quejao?”

El 20 de enero de 1981 nos trasladamos, familia y cabras, a Dos Hermanas. José había estado en el Festival Juan Talega el verano anterior y allí conoció a quien sería nuestro compadre, Paco Zurita. Comentando el problema de las veredas, Zurita le habló de una finca enorme, La Corchuela, donde podía entrar el ganado libremente. A José, eso, no se le olvidó: “Primero, hay que buscar una majá que tenga salida hacia esa finca, de eso me encargo yo: tú busca una casita que no quede lejos del corral”. Siempre las cabras por delante y con argumentos contundentes: “ellas dependen de nosotros y nos dan todo lo que tienen ¿Tendré que procurar su bienestar antes que el mío, o no? Si no, lo mejor es no tenerlas”.

Compramos un adosado, todo muy pequeño,  3 habitaciones, un patio delantero, sin vallar y un minúsculo patio trasero, todo a medio terminar, en la barriada Las Portadas, donde vivía Zurita. Con su ayuda y la de otros amigos como El Moreno y El Chato cercamos el patio, acondicionamos la vivienda y poco a poco aquello fue cobrando intimidad y calor. Sembré rosales, jazmines, buganvillas, claveles, geranios, un naranjo y un limonero que hoy son árboles frondosos.

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De careo en Dos Hermanas (Foto: Kaat Schille)

José instaló sus cabras, primero en un corral que nos cedió un amigo y más tarde en una parcela que compramos a pocos minutos a pie de nuestra casa. El paisaje era tan diferente a Aznalcóllar como lo era el entorno; allí convivíamos entre familias vinculadas a las labores del campo y del ganado mientras que nuestros nuevos vecinos eran trabajadores de la industria o los servicios, clase proletaria, más concienciada y formada y, por eso, más solidaria en temas sociales. Frente a la animosidad de la mayoría de nuestros vecinos de Aznalcóllar, en la reivindicación de las Vías Pecuarias, la comprensión y el apoyo de los nazarenos[iii] fue como un bálsamo. Por eso, aunque echábamos de menos el paisaje de Aznalcóllar y gente muy querida que dejamos allí, pronto nos sentimos en Dos Hermanas como en casa.

El 23-F José había salido al campo, como de costumbre, y no había vuelto cuando me llamó Zurita: “Hay que quitar a José de ahí, Elena, porque si esto cuaja van a ir a por él, seguro.” Como yo aún no tenía coche, salieron en su búsqueda pero no lo encontraron… También nos llamaron de CNT ofreciéndonos un vehículo para llevarlo a un lugar seguro. Había miedo, José, desde el corral hasta nuestra casa, sólo encontró calles vacías y silenciosas… hasta yo tenía el transistor al mínimo volumen intentando escuchar a la vez las noticias y la calle. Zurita me llamaría de noche para venir a recogerlo pero José decidió acostarse a dormir: “Ya sé que esconderse no es de cobardes, sólo es protegerse pero, en cada pueblo sabemos quiénes son los fascistas y donde se reúnen. Si somos muchos más ¿Por qué no salimos a plantarles cara y a impedir que se muevan? Me quedo aquí y si la izquierda sale a la calle, avísame” Y se durmió hasta que llegó la hora de ordeñar. Yo estuve toda la noche pendiente de las noticias que daba la SER y lo puse al corriente por la mañana, especialmente de la intervención del rey: “Los militares hasta el mocho en la intentona y el rey el salvador… pues ya tenemos los españolitos Borbón pa rato”. Y la verdad es que al rey no le vino nada mal aquello: la izquierda, de corriente republicana en su inmensa mayoría, amenazaba con arrasar en las próximas generales. Y ganó pero ya casi todos aquellos republicanos se habían se habían hecho antimonárquicos pero juancarlistas en reconocimiento a su valiente defensa de la democracia el 23-F.

El año 1981 dio para no aburrirse: traslado a Dos Hermanas, 23-F, más de cien conciertos, un disco y dos juicios; uno por blasfemia, que se celebraría en otoño y el más cercano, por desacato y agresión a la autoridad.

Había cantado la noche antes en Alhaurín y llegó a la Audiencia sin dormir. Esperándolo una buena representación de Las Portadas y algunos amigos que nos dieron calor. José se limitó a repetir lo que había sucedido: “El único paso que dejaron para el ganao, al usurpar la verea, era el yo llevaba y aquel hombre, con una escopeta apuntándome no me merecía confianza y por eso le quité el arma y se la entregué a la guardia civil. No la utilicé contra él ni contra nadie y no le pegué”.

No recuerdo cuánto duró el juicio, me pareció una eternidad, pero sí a José muy seguro en sus respuestas y al guarda, por el contrario, dubitativo y lleno de contradicciones. Soberbio, José Mª Rubio: “Un ambiente de crispación, en un contexto social donde los factores de desequilibrio vienen dados por fuertes intereses personales, han sido la causa del conflicto entre el procesado y el guarda jurado de Andaluza de Piritas, por lo que pido la total absolución de mi cliente”. Así finalizaba su magnífica intervención. Y fue absuelto: el guarda no pudo demostrar haber sufrido agresión alguna y quedó patente el conflicto por el tema de las Vías Pecuarias. Ni el fiscal ni Andaluza de Piritas recurrieron la sentencia.

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Otra cosa sería el juicio por blasfemia que se celebró al finalizar la campaña de festivales de verano. José Mª Rubio no estaba colegiado en Córdoba y no juzgó necesario hacerlo: “En España ya no se mete a nadie en la cárcel por blasfemia; cualquier compañero de Córdoba lo puede llevar sin problemas”. Pero Pulpón ya había hablado con cinco bufetes y ninguno quería defender al blasfemo: “Señora, con la Iglesia hemos topao ¡Ni que el Cabrero fuera el estrangulador de Boston! Me dice uno amigo que en la COPE lo han estado machacando mucho con esto y nadie se quiere poner en contra de los curas”. Estábamos sorprendidos pero seguíamos sin darle mucha importancia al asunto cuando un joven abogado cordobés, José Antonio Guiote Ordóñez, se hizo cargo de su defensa.

José arrastraba una bronquitis, que se agudizó durante el viaje, y optamos por quedarnos en un hotel cercano a los juzgados y avisar a un médico que le recomendó guardar cama. Le expliqué el motivo de nuestra estancia allí y él insistió: tiene mucha fiebre; yo les voy a dar un certificado y mi obligación es decirle al Sr Domínguez que no se mueva de la cama en estas condiciones. Así que el juicio se celebró sin la presencia de José y lo condenaron, como autor criminalmente responsable de un delito de blasfemia, a cinco meses de arresto mayor y cuarenta mil pesetas de multa.

Durante la vista, los mismos que lo denunciaron ante la guardia civil, lo exculpaban ante el juez declarando que, en efecto, José se encontraba en un estado de profunda irritación debido a su afonía, que no hubo intención de ofender y que el público lo despidió entre aplausos. Pero, sobre todo, teníamos una prueba fehaciente de que su “mecagoendios” no había suscitado malestar ni escándalo público, que es a lo que se agarraba el fiscal: entre el día de los hechos que se juzgaban y el juicio, José había sido contratado de nuevo por la misma organización y en el mismo pueblo y, cuando intentó disculparse, el público se lo impidió con sus aplausos… ¿Cómo es que la sentencia no tenía en cuenta estos hechos y afirmaba todo lo contrario? Recurrimos, convencidos de obtener resultado favorable ante la Audiencia, y ya se verá más adelante que no fue así.



[i] Ver En cualquier otro sitio que no sea Aznalcóllar siempre voy a serle extraño al paisaje y él a mí (El Cabrero 1980)

[ii] Ver Has atentado contra una autoridad y se te va a aplicar la ley antiterrorista” (El Cabrero 1980)

[iii] Gentilicio de los habitantes de Dos Hermanas

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de | 13/02/2012 · 10:36

En cualquier otro sitio que no sea Aznalcóllar siempre voy a serle extraño al paisaje y él a mí (El Cabrero 1980)

En febrero de 1980 José ya tenía ocupados casi todos los fines de semana del verano, algo insólito en un cantaor que llevaba apenas tres temporadas haciendo festivales. Los primeros compromisos, firmados para finales de mayo, recién puesto en libertad, lo obligaron a pasar página de lo acontecido con el guarda jurado y su estancia en prisión y centrarse en lo artístico.

Por el contrario, yo no me di ni un día de tregua: eran tantas las irregularidades cometidas por la guardia civil, la noche de su detención, que temí que el proceso se siguiera instruyendo en la misma tónica.[i] Necesitaba un buen abogado y lo encontré en José Mª Rubio López que creyó la versión de José, me prometió que pondría todo el empeño en su defensa y lo hizo sin escatimar tiempo y esfuerzo.

Cuando me informó de la petición fiscal – cuatro años, cuatro meses y un día de prisión – me vine abajo: ¡Eso, a José, lo iba a hundir!… Acordamos ocultárselo mientras Rubio lo estimara oportuno (sólo se enteraría pocas semanas antes del juicio, en 1981). Sin embargo, esto haría muy difícil convencerlo de la necesidad de evitar las vías pecuarias y posibles provocaciones, hasta que se celebrara el juicio: él estaba seguro de sí mismo y no se sentía más amenazado que de costumbre en sus reivindicaciones. Se me ocurrió que la fórmula podría ser apartarlo del campo unos meses y autoricé a Pulpón a firmar todas las galas que le propusieran ese año[ii], sin restricciones.

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Fin de fiesta en Alhaurín de la Torre, bailando (mal) a petición del respetable

El 21 de junio, mientras cantaba en la Torre del Cante, en Alhaurín de la Torre, nació nuestro tercer hijo, Emiliano, y quizás por eso sea éste uno de los festivales más queridos por nosotros. Ese año, como de costumbre, el cartel era impresionante: Fosforito, Camarón, el Sordera, José Menese, Juan Villar, Carmen Linares, Turronero, José y… más de 6.000 personas abarrotando el recinto.[iii] “La Torre” era el primer festival importante del verano malagueño y a él acudían los aficionados de toda la provincia en masa. Ocasión esperada por miles de personas para disfrutar del arte de la tierra y tomar el pulso a las principales figuras; grandioso festival en el que José participó, desde 1979 hasta mediados de los 2000, en 19 ediciones.[iv]

La gira que nos firmó Pulpón fue agobiante; una media de 22 conciertos, al mes, desde junio a finales de octubre. Acabó cansado pero acerté: apenas pudo asomarse a las cabras y tuvimos así unos meses de tregua y relativa tranquilidad, sólo enturbiada por un percance en Alcolea de Córdoba a finales de agosto.

Estaban él y Luis de Córdoba en cartel y, mientras Luis hacía la primera parte, informé a Agustín Gómez, encargado de la presentación, de que José se había quedado repentinamente sin voz y no podría cantar. “Yo no puedo salir ahí para decir eso, porque se va a liar; es mejor que suba él, para que la gente vea que ha venido, y que sea José quien lo explique”. Y se subió, pero la gente no lo dejaba marchar: ¡Haz lo que puedas! ¡Sigue ahí! ¡Canta, aunque sea por señas! Y así, hasta que José lo intentó por soleá, con la voz como un serrucho… El público se mostró respetuoso ante su impotencia, menos cuatro graciosos que se pusieron a berrear y a reírse: “¡Mecagoendios! ¿No dije que no podía cantar? “ Enfadado consigo mismo, abandonó el recinto, entre los aplausos del respetable.

Siguió una denuncia presentada ante el juzgado de Córdoba, a la que dimos poca importancia, y el inevitable Agustín Gómez arengando con virulencia al personal, desde su programa en la COPE, contra el blasfemo que les “había enviado Sevilla”… ¡Un santiño, el señor Agustín! Pero… Sevilla ¿qué tenía que ver en todo esto?

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Fotografía de Eli Reed en la sierra de Aznalcóllar

Verano de grandes emociones, satisfacciones artísticas y desplazamientos imposibles, que nos pareció interminable. Ansiábamos volver a nuestra rutina, nos habíamos ganado disfrutar de un invierno apacible pero se ve que perdimos el boleto: los pelentrines, crecidos por la detención y proceso a José, le salían al paso; la Guardia Civil le impedía circular por las vías pecuarias, y yo no respiraba tranquila hasta que no lo oía llegar, por la noche. Se lo comenté a Rubio y me recomendó que nos fuéramos a vivir a otro lado porque allí le iban a hacer la vida imposible; lo iban a provocar hasta que se peleara con alguien y, si eso sucedía, lo tendríamos mucho más complicado en el juicio. José, al principio encontró descabellado el consejo del abogado pero, a los pocos días, tuvo otro encontronazo con un pelentrín, que lo amenazó con una escopeta cuando pasaba por una verea, y decidió que era hora de marcharse de su pueblo.

Desde que en 1974 comenzara a reivindicar, en solitario, las Vías Pecuarias, ningún sacrificio fue tan duro de asumir para José: “A mí, del pueblo me da igual porque no encuentro cariño ni solidaridad en él, más bien parece que muchos están deseando verme de nuevo entre rejas… pero alejarme del paisaje donde me he criao … aquí conozco todos los caminos, las piedras, los arroyos; crecí a la par de los olivos y las encinas: soy uno más entre ellos… En cualquier otro sitio que no sea Aznalcóllar siempre voy a serle extraño al paisaje y él a mí. Me voy por ti y por estos niños, Elena: si estuviera solo, aquí dejo el pellejo, al pie de las cabras, reclamando las vereas”.



[i] Ver, en este blog “Has atentado contra la autoridad y se te va a aplicar la ley antiterrorista”

[ii] Sólo tenía autorización, hasta entonces, de firmar 3 conciertos seguidos y luego siempre un par de días de descanso.

[iii] Ver transcripción de la crítica de Gonzalo Rojo en Sur en la página de prensa, en este blog

[iv] Sólo superado por El Castillo del Cante, de Ojén, donde han contado con la presencia de El Cabrero 23 veces en su carrera.

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Has atentado contra una autoridad y se te va a aplicar la ley antiterrorista (El Cabrero 1980)

Andaluza de Piritas [i], que explota el yacimiento situado en las mismas paredes de Aznalcóllar, aprovecha el cauce natural del río Cañaveroso, o río Agrio, que nace en los montes de las minas del Castillo de las Guardas, y construye un canal para evacuar las aguas de su planta de lavado del mineral. El canal corta el cordel de Escacena y Niebla que discurre de oeste a este y ha sido siempre paso de ganado. Una vía pecuaria más usurpada, en este caso, por Andaluza de Piritas.

Veintitrés de mayo, pocos días después de recoger los premios nacionales en Córdoba, José de nuevo en sus quehaceres de pastor. Casi al atardecer me avisan de que está detenido en el cuartel de la guardia civil por “Atentado contra la autoridad”.

Sórdido el cuartel, muy exaltados y nerviosos los guardias y José cabizbajo y visiblemente preocupado: “¿Te acuerdas de las amenazas de Lucas? [ii] Esta tarde intentaba pasar las cabras bordeando el canal que ha hecho la mina – si paso por allí las cabras se despeñan… De repente, se presentó Lucas y me dijo que me fuera de allí. Le recordé, de buenas maneras, que aquello era una vía pecuaria y que la Mina tenía que haber hecho un puente sobre el canal porque, el paso del ganao, no se puede cortar… me insultó y lo insulté y, cuando me di cuenta, había sacado un peine de munición pa cargar el arma. Pegué un salto y de dos tirones le arrebaté el arma y el peine de munición. No lo toqué más, no le pegué; dejé las cabras con “El Portugués” [iii] y en autostop me vine al cuartel a entregar el arma y a denunciar a Lucas”.

Pero la guardia civil aún no le había tomado declaración porque, simultáneamente a su llegada al cuartel, recibían una llamada de Andaluza de Piritas pidiéndoles que no lo hicieran hasta que no se personara allí el guarda jurado con un abogado de la empresa… y ellos sí prestaron declaración. De esta manera José pasó de denunciante a acusado. Se lo reproché al comandante de puesto: “Este hombre vino a denunciar a Lucas por intento de homicidio; Ustedes tienen constancia de que ya lo ha amenazado con pegarle un tiro y su obligación era tomarle declaración cuando llegó y tramitar la denuncia de José, no esperar a que llegara el abogado de la Mina…” No me dejó ni terminar: “Este individuo es un delincuente, un terrorista y se va a pudrir en la cárcel y, o se calla, o la metemos a usted también pa dentro” A mí me faltaban sólo tres semanas para dar a luz a nuestro tercer hijo, Emiliano, y José me lo recordó: “Estos son capaces de todo Elena y no te quiero ver en un calabozo con esa barriga; cállate la boca”

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Con con sus hijos Amanda y Emiliano, en el campo de Aznalcóllar

El dictador llevaba ya casi cinco años muerto pero en el cuartel de la guardia civil de Aznalcóllar no se habían enterado: ya habían cumplido con Andaluza de Piritas y ahora insistían en tomarle declaración a José sobre la marcha, porque estaba anocheciendo: “Ustedes han esperado a que viniera Lucas con el abogado de la empresa y José no presta declaración así, de esta manera: pidan un abogado de oficio”.

El sargento hizo una llamada de teléfono de la que deduje que estaba pidiendo instrucciones a “algún superior” y luego un guardia solicitó un abogado para “un individuo que acababa de atentar contra la autoridad”. Lo que siguió fue una espera de más de dos horas en aquel semiderruido cuartel, aguantando todo tipo de amenazas, insultos, terribles vaticinios sobre nuestro futuro… y un desprecio cerril hacia los derechos recogidos en esa Constitución recién estrenada.

“Se te van a quitar las ganas de meterte en los sembrados… No te salva ni la caridad… Esta vez sí que te has metido en un buen lio… Ya estás listo… Se te acabaron las batallitas por las Vías Pecuarias… Has atentado contra una autoridad y se te va a aplicar la ley antiterrorista”. Esto es lo más alentador que salió por la boca de aquellos “beneméritos” mientras aguardábamos al abogado de oficio. A las diez de la noche pudo prestar declaración ante un letrado que no sabía nada de vías pecuarias y que se fue, apresurado, sin decirnos qué iba a pasar con José.

Lo llevaron a la cárcel de Sevilla escoltado por dos miembros de la policía municipal con un mandato del juez “de paz” de Aznalcóllar. En Ranilla [iv] lo rechazaron: ¿Quién era el juez de paz de Aznalcóllar para enviar a nadie a la cárcel? “Nos metimos de nuevo en el coche y me preguntó el Mérida [v]¿Ahora qué hacemos? Yo estaba esmallao… ¿por qué no íbamos a tomar un gazpacho mientras pensaban lo que iban a hacer conmigo? Desde la tasca llamaron al cuartel y después de cenar me llevaron al juzgado de Sevilla. Nunca pensé que me iban a mandar a la cárcel, porque yo no había hecho nada, pero el juez me tuvo toda noche en el calabozo y al día siguiente me esposaron y me metieron preso”. A los tres días salió en libertad provisional imputado por desacato y agresión a la autoridad (La petición fiscal fue de cuatro años, cuatro meses y un día de prisión).

Paco Millán y Pepe Guzmán [vi], que habían conseguido pasar toda la madrugada con José, publicaban, a la mañana siguiente, amplios artículos sobre lo acontecido; el de Guzmán, en El Correo de Andalucía, remataba: “… El Cabrero era conducido a la cárcel sin haber hablado con su señoría, ni siquiera haberle visto. Ni a él ni al secretario ni a oficial alguno. Sevilla tiene medio millón de habitantes.”

Pepe Aguilar[vii], días más tarde, en contraportada de El País: “El Cabrero triunfa como cantaor y tiene problemas como pastor”[viii]Un buen número de periodistas se ocuparon del tema y, pese a lo angustioso de la situación para nuestra familia, nos vimos recompensados porque todos abordaban, por primera vez, la problemática de las Vías Pecuarias con bastante interés.

Todos menos Agustín Gómez de cuya inteligencia, rigor y buena fe deja constancia un artículo publicado en el Diario de Córdoba: “El Cabrero siempre ha sabido generar noticias en los momentos más oportunos… Otro oportunismo fue cuando, al día siguiente de la entrega de sus dos premios nacionales en Córdoba, se peleaba con un guarda jurado porque no le dejaba pasar con sus cabras … cinco horas más tarde de recoger sus premios en Córdoba, estaba con sus cabras en Aznalcóllar arrebatándole el arma al guarda jurado… Y es que esa inteligencia de saber generar noticias se tiene o no se tiene…” Se me ocurren mil cosas, pero lo voy a dejar sin comentarios.

Tras este suceso, Carrasco escribiría un fandango de esos autobiográficos tan queridos por los cabreristas: “Sin matar ni haber robao, en la cárcel me vi un día, porque un guarda jurao, me quiso quitar la vida, cuando iba con mi ganao”


[i]Empresa que explotaba el yacimiento de pirita antes de la nefasta Boliden

[ii] Ver en este blog“Tú te crees el más guapo del pueblo pero cualquier día te voy a pegar un tiro” (1979

[iii]Cabrero de la localidad que había juntado su piara con la de José

[iv]Así se conocía a la cárcel de Sevilla

[v]Uno de los policías municipales, amigo de José

[vi]Periodista de El Correo de Andalucía con quien sellaríamos amistad tras este suceso

[vii]Periodista y amigo, entonces en El País y hoy director de opinión del grupo Joly

[viii] Todos los artículos aquí citados se podrán leer íntegramente en una página de este blog que llamaremos Hemeroteca

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de | 26/01/2012 · 10:40

“Tú te crees el más guapo del pueblo pero cualquier día te voy a pegar un tiro” (1979)

Ya se habían celebrado las primeras elecciones, legalizado el Partido Comunista y refrendado la Constitución pero, en Aznalcóllar, seguían mandando los mismos: los cuatro terratenientes, los dueños de la mina y el cura.

Como dice la copla, habíamos “jecho un carril” de tanto ir y venir de nuestra casa al cuartel. Todos los daños por pastoreo furtivo que se denunciaban en el campo tenían como presunto culpable a José y la cosa pasaba por largos interrogatorios. A él no le afectaba tanto, acostumbrado a tiempos peores, “cuando te pegaban una hostia, antes de preguntar” pero a mí, aquello me producía desasosiego y me acostumbré a acompañarlo. Como no me permitían entrar, me sentaba en una barandilla, dos casas más abajo, hasta que un día salió el sargento, vociferando como un energúmeno, y me echó de allí: “estoy en la calle, en una vía pública, sin molestar a nadie y no sé por qué me tengo que ir”…”¡Porque lo mando yo!”.

José, al haber vivido siempre bajo la dictadura, estaba hecho a aguantar despotismos pero yo, desde niña hasta los 25 años en Ginebra, no me acostumbraba a esos abusos de poder y no me fiaba de aquellos interrogatorios. Le propuse poner las cabras a mi nombre para que, en caso de denuncia, me tuvieran que citar a mí o a los dos.

Y fue proverbial porque, a los pocos días, de nuevo en una vía pecuaria, Lucas, el guarda jurado de la mina, lo amenazó por enésima vez: “Tú te crees el más guapo del pueblo pero cualquier día te voy a pegar un tiro”. José no le dio importancia pero yo sí: si te amenaza uno que lleva un mosquetón en bandolera, hasta para tomar café, por lo menos hay que tomar precauciones. Entregué un escrito en el cuartel de la guardia civil, como propietaria del ganado, pidiéndoles que me sellaran la copia. Y acerté: meses más tarde, el tal Lucas estuvo a punto de cumplir su amenaza y el documento nos sirvió como prueba, ante la Audiencia de Sevilla, en un proceso con petición fiscal de más de cuatro años de prisión por “atentado contra la autoridad”.

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En tal ambiente grabó “A paso lento”, con la guitarra de Pedro Bacán, y se enfrentó ese verano a una media de cuatro festivales por semana. No conozco carrera de cantaor más fulgurante que la suya: llevaba un par de años haciendo festivales y ese verano era ya el cantaor más solicitado en ese circuito. Y casi siempre lo ponían para cerrar; inexplicable, si se tiene en cuenta la nómina de figuras de aquellos años. “A mí no me importa esperar así los escucho a tos y me sirve de inspiración”

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Con Enrique de Melchor, en este caso, guitarrista “de turno”

Hasta ese año lo había acompañado el “guitarrista de turno”, figura creada por Pulpón para los festivales: en función de los cantaores en cartel, contrataba uno o varios guitarristas “de turno” y allí, sobre la marcha, se emparejaban. Arrebujos imposibles muchas veces y grandes discusiones en los camerinos, como es de comprender. Que yo recuerde, tan sólo Fosforito, a quien acompañaba Juan Habichuela, y Camarón, primero con Paco de Lucia y luego con un jovencísimo Tomatito, llevaban su guitarrista.

José venía quejándose de esa situación y, con una temporada de casi cien festivales contratados, podía exigir un guitarrista fijo pero no tenía muy claro por quién decidirse. Hasta que, en Rociana, montaron un mano a mano con Paco Toronjo y allí conoció a Antonio Sousa.

Me había comentado varias veces que echaba de menos un guitarrista que hiciera los toques de Huelva. “Ni los mejores saben tocar por ahí… ¡Y mira que es sencillo!” En Sousa encontró la horma de su zapato: especialista en los toques del Alosno y de Huelva, tocaba muy bien por soleá, seguiriya, malagueña… Gran aficionado y conocedor de los cantes de su tierra, con él profundizó José en esos estilos como ningún otro cantaor, no nacido en Huelva, había hecho… Se hicieron famosos esos “potajes por fandangos”, que solían hacer al final de los conciertos, y donde Sousa le hacía los coros en el Cané y el del Alba.

SALUDA DE FRENTE

Con Antonio Sousa, su guitarrista “de cabecera”

La relación profesional duró seis años pero Antonio sigue siendo, para nosotros, un hermano. Integridad, generosidad, sentido del humor, pasión por el flamenco… y una sensibilidad de tal magnitud que fue la culpable de su prematuro abandono de la profesión, cuando era el guitarrista flamenco que más galas tenía contratadas.

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“Debo de ser muy buena presa, cuando tengo tantas escopetas apuntándome” (1977)

El año 77 trajo el nacimiento de Amanda, el tercer disco, nuevos problemas con los terratenientes, los primeros festivales y una grave enfermedad de José que le pudo costar la vida.

Llevaba todo el día con un comportamiento extraño: tenía fiebre, le dolía la cabeza y se mudaba, cada dos por tres, de nuestra cama a la de los niños. Pronto comenzó a decir frases incoherentes y avisé al médico que se temió una meningitis y lo mandó al Hospital Virgen Macarena.

Lo tuvieron en observación día y medio, amarrado porque se tiraba de la cama. Le hicieron fondo de ojos, comprobaron la elasticidad de la nuca, análisis, radiografías… Al atardecer, me convoca la Doctora Capilla, en Psiquiatría y me dice, tan fresca, que lo que tiene José es delirium tremens. “Doctora, este hombre sólo bebe habitualmente agua o refrescos y de vez en cuando, una cerveza, o un vino”. Y ella, erre que erre, que los hombres, por detrás de una… la convencí: era imposible porque José, cuando no cantaba, estaba siempre conmigo o en el campo y sólo llevaba agua.

Una interminable espera y me recibe, de nuevo, muy seria: “Cierto, Señora, no era delirium tremens, pero lo siento porque, lo que su marido tiene, es esquizofrenia… Debe de ser usted muy prudente y que él nunca note que usted o sus hijos le tienen miedo… y, sobre todo, vigile que nunca abandone el tratamiento que le vamos a prescribir.” Y el mundo se hundió.

Lo ingresaron en la planta de Psiquiatría y no estaba permitido a los familiares quedarse en esas habitaciones así que me dispuse a pasar una de las peores noches de mi vida, sola, en aquella sala de espera. Pero había leído en alguna parte que la esquizofrenia presentaba una serie de síntomas que jamás había observado en José. Solicité llevármelo a la clínica de pago Sagrado Corazón, a dos minutos del hospital, pero al no estar casados, no tenía derecho a hacerlo. Como un rayo, llamé a un hermano de Paco Díaz Velázquez, que era jefe de planta en ese hospital, y me dijo que no lo moviera de allí y que, mientras él llegaba, pidiera, de su parte, que lo fuera examinando de toda urgencia un médico internista .

Era meningitis. Lo mudaron a la planta de medicina interna y a los pocos minutos vino a disculparse la psiquiatra, muy afectada y nerviosa:“le ha salvado usted la vida; si se hubiera quedado toda la noche sedado y sin la adecuada medicación, la evolución de la enfermedad hubiera sido desastrosa”.

Al día siguiente, tras la visita del equipo médico, me informaron que José estaba atravesando horas cruciales, que fuera a casa a ver a los niños y descansara algo para volver con más serenidad y fuerza. Nunca olvidaré aquellas horas. Pasé un rato con los niños, que se quedaban con las vecinas, y regresé al hospital a esperar. Los antibióticos hicieron un efecto fulminante y a los dos días me dijeron que ya estaba fuera de peligro y, salvo contratiempo, seguiría ingresado allí sólo una semana.

Al enterarse, por el equipo médico, del trance por el que acababa de pasar y recomendarle que durmiera mucho y tranquilo de estar fuera de peligro les respondió: “No quiero ni dormir pa no perder tiempo, de las ganas que tengo de vivir”. Mejoró rápidamente y una mañana, volviendo de desayunar, vi al fondo del pasillo un buen puñado de gente; enfermos y personal del hospital delante de una puerta, mirando hacia dentro, y me asusté cuando advertí que era la habitación de José. Hasta que me acerqué un poco más y pude oír su voz: les estaba cantando Volver, un viejo tango de Gardel.

Se recuperó rápidamente en casa y varias semanas después ya salía con las cabras y, de nuevo, tenía problemas en las Vías Pecuarias. Un par de juicios que se resolvieron, como el anterior, a nuestro favor pero le acarrearon el odio de algunos pelentrines que, como los terratenientes, usurpaban las vereas colindantes a sus tierras. Y la Guardia civil arrimando candela y denunciándolo por pastoreo en fincas privadas, a sabiendas de que se trataba de terrenos de titularidad pública. 

Nadie más que él reivindicaba las vereas y era una lucha desigual; ellos tenían medios y la connivencia de la benemérita y nuestra economía no soportaba tanta factura de abogado y procurador, no podíamos seguir así y se iba a convertir en la tablilla del coto : “No me pidas que reniegue de la razón. ¿Son públicas o no las vereas? Ahí voy a estar, en las vereas, porque me asiste la razón y si me convierto en la tablilla del coto será porque sólo las reses que se escapan enfadan al cazaor… y debo de ser mu buena presa, cuando tengo tantas escopetas apuntándome”

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de | 16/01/2012 · 17:29

Las vías pecuarias (El Cabrero 1974)

Me extrañó verlo llegar antes del sol puesto y no traía expresión feliz. El encargado del cortijo del Prado había llamado a la guardia civil y lo acababan de denunciar en una vía pecuaria: “Las vereas, se las han comido con los sembraos, pero no se han perdido: ésa viene desde el término de Escacena y hay otras pero las han arao y yo creo que todavía existen, que son públicas. A ver si tú te informas…” Me hice de copias de la ley de Vías Pecuarias, del catastro y de un documento que describía cada una de las vías del término con sus dimensiones y lindes. En efecto, José había sido denunciado en El Cordel de Escacena y Niebla, que era de titularidad pública, a instancias de un propietario que usurpaba y sembraba ilegalmente esos terrenos y que, por tanto, debería de ser él, el denunciado.

Busqué un abogado y me extrañó que no supiera nada de las Vías Pecuarias. Le entregué la documentación que tenía, fuimos a juicio y absolvieron a José, sin gastos. Rápidamente le referí al sargento de la guardia civil el fallo del juez para que no se repitiera la situación . Pese a la sentencia absolutoria los demás cabreros se mantuvieron neutrales: se escudaban en que los administradores de los cortijos decían que las vereas eran de propiedad del estado pero que ellos tenían permiso para ararlas y sembrarlas. No era verdad: Franco nunca autorizó la ocupación de las vías pecuarias, entre otras cosas, porque las contemplaba la cartografía del ejército como vías alternativas de evacuación (y puede que siga siendo así).

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El Cabrero a mediados de los 70

En verano, con la siega de los primeros trigos, las cabras del pueblo bajaban a los rastrojos y sesteaban allí, día y noche en el campo, en improvisados corrales de cancelillas, o sueltas. “Allí están mejor: tienen la comida cerca y me las tengo que llevar” Pedro El Polonio nos prestaría su mula, ya aparejada, y yo me llevaría la comida, el agua y las cántaras a unos 15 km y haría el recorrido inverso cada amanecer con las cántaras llenas de leche.

El hato lo tenían rozando el término de Sanlucar la Mayor, ni un solo árbol y con temperaturas de 40º: “estos granujas han arrancao tos los árboles y no han dejao ni una encina pa que el tractorista pueda comerse el bocadillo a la sombra” Calor de día y frío intenso de noche en aquellos rastrojos: “La tierra de noche suda el peso del sol, por eso es un frío tan húmedo que te cala los huesos”, decía José y, escuchándolo me parecía estar viviendo pasajes de una historia inventada por Giono.

Como las cabras no tenían redil dormíamos a pie de ellas sobre camas de pasto y, antes del amanecer, comenzaban a ordeñar. Primero las mansas y luego esas que no se dejaban coger, que eran todas de los otros dos cabreros porque, las de José, le obedecían al silbido. Era un espectáculo, cada uno por un extremo de la soga, corriendo y dando voces como poseídos hasta atraparlas, unas veces con la mano y otras con la empuñadura del bastón, una a una, por los cuernos o por las patas traseras,

En casa, ese invierno nos hicimos de un transistor, viejo, amarrado con una guita y escuchábamos  la Tertulia flamenca de Radio Sevilla y festivales en el programa de Miguel Acal: “¿No te das cuenta que no se canta por fandangos en los Festivales? Yo sería capaz de cantar ahí, en esos festivales pero, si alguna vez me metiera en eso, o entran los fandangos o no entro yo… (Y, en efecto, él fue quien impondría, a finales de los 70, el cante por fandangos en los festivales)

Sólo en raras ocasiones, y por obligación, bajamos a aquella Sevilla bulliciosa y en aparente buena convivencia con la dictadura que fusilaba o agarrotaba rojos, mantenía en prisión a sus opositores y que, muy a menudo, mostraba su despotismo también en lo cotidiano.

Una mañana, delante del cuartel de intendencia, hoy Casa de la Provincia, José me iba contando algo que nos provocaba carcajadas, cuando se nos acercó un sargento: “Ustedes, ¿de qué se ríen?”. “Nos reíamos de algo gracioso que no tiene nada que ver con ustedes” “Bueno, pues menos risas y largo de aquí”. Sabía que las dictaduras eran necias, crueles, siniestras y tristes pero, en el poco tiempo que llevaba en España, no había percibido su efecto en la población, tanto, que no notaba grandes diferencias entre la vida cotidiana en Sevilla y la de cualquier ciudad del sur de Italia y se lo dije a José: “Elena, no te equivoques, aquí parece que no pasa nada pero hacen con uno lo que quieren: no hace tanto que mataron a un hombre por la espalda por robar un saco de bellotas… ¡esto es el fascismo!”

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de | 11/01/2012 · 18:57