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Y si no, que se lo pregunten a las borregas

Un amigo ecologista me envió unas fotos de las borregas por el Paseo de la Castellana de Madrid y es pa ponerse a cavilar.  Porque eso es hacerles pasar un mal rato; ni hierba, ni monte: hormigón, contaminación y al paso que le conviene al pastor, no a ellas… ¿Agua? ¿Alguien se ha preguntado cómo sienta en las pezuñas el asfalto caliente?

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Está claro que los compañeros, los pastores que van a esa Fiesta de la Trashumancia, no opinan, como yo, que es una tortura para los animales. Hasta para mí lo sería, que me llevaran, para una fiesta, andando desde la Casa de Campo hasta el centro de Madrid. Y es que yo veo las cosas como un animal más, eso sí: “un animal que canta, por el hecho de pensar”

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Yo digo que las vereas hay que reivindicarlas en el tajo, donde el ganao tiene el paso natural, el careo, y si es preciso, comerse lo que esté sembrao en terreno público, que eso es lo que les duele a los terratenientes. Porque, las Cañadas tienen 75 metros de ancho; los Cordeles 37,5 y las Veredas 20 metros y  la mayoría, los propietarios colindantes, las han sembrado o vallado y han dejado justo el espacio para poder pasar ellos con sus cosechadoras.

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A principios de los años setenta me puse a reivindicar las Vías Pecuarias, en mi pueblo, con la ayuda de Elena que era la que procuraba que no me metieran preso por desobediencia a la autoridad. Ya ni recuerdo cuántas veces fui al Cuartel de la Guardia Civil y a juicio. Entonces no había “Ecologistas” ni nadie que hablara de esos caminos de ganado. Ni el abogado sabía qué eran las Vías Pecuarias pero salí siempre absuelto porque la información que me había dado Elena sobre las medidas de cada verea era de ley.

Durante más de diez años fue una lucha sólo en familia pero en 1989 tuve un altercado con la guardia civil de mi pueblo en una verea y fue bastante sonado en los medios de comunicación. IUCA llevó el asunto al Parlamento Andaluz, con un escrito que escribió Elena, exigiendo que se cumpliera la ley y normativa de las Vías Pecuarias y que se deslindara. Lo aprobaron por unanimidad. Luego, no hicieron nada… y Elena, cada año, mandaba un telegrama a todos los grupos políticos recordándoles que lo que habían votado no lo habían cumplido y nunca le contestaron sus señorías.

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Bueno sí, uno se prestó pa lo que se necesitara y fue nuestro viejo amigo Antonio Romero. Era diputado en Madrid por IU y Elena le pidió que le hiciera en el Pleno del Congreso una pregunta al Ministro de Defensa: Si era cierto que las Vías Pecuarias, usurpadas, cercadas y hasta cortadas, constaban, en la cartografía del ejército, como vías de evacuación de la población en caso de catástrofe. Y el ministro dijo que sí y “fin de la cita”

O sea, que el tema ha entrado en Congreso y en el Parlamento de Andalucía pero no en las vereas que ahí están: usurpadas, cortadas, valladas y envenenadas porque llega la química que le echan a los sembrados hasta el borde del camino.

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Por eso les digo a mis compañeros, los pastores y cabreros, que creo que esto no se arregla ni con “Sus Señorías” ni con reivindicaciones en el Paseo de la Castellana. Se arregla, en el tajo.

Y que piensen que a lo del Paseo de la Castellana le llaman Fiesta de la Trashumancia y, siempre que se utiliza a algún animal para una fiesta, maltrato seguro. Y si no, que se lo pregunten a las borregas.

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“Debo de ser muy buena presa, cuando tengo tantas escopetas apuntándome” (1977)

El año 77 trajo el nacimiento de Amanda, el tercer disco, nuevos problemas con los terratenientes, los primeros festivales y una grave enfermedad de José que le pudo costar la vida.

Llevaba todo el día con un comportamiento extraño: tenía fiebre, le dolía la cabeza y se mudaba, cada dos por tres, de nuestra cama a la de los niños. Pronto comenzó a decir frases incoherentes y avisé al médico que se temió una meningitis y lo mandó al Hospital Virgen Macarena.

Lo tuvieron en observación día y medio, amarrado porque se tiraba de la cama. Le hicieron fondo de ojos, comprobaron la elasticidad de la nuca, análisis, radiografías… Al atardecer, me convoca la Doctora Capilla, en Psiquiatría y me dice, tan fresca, que lo que tiene José es delirium tremens. “Doctora, este hombre sólo bebe habitualmente agua o refrescos y de vez en cuando, una cerveza, o un vino”. Y ella, erre que erre, que los hombres, por detrás de una… la convencí: era imposible porque José, cuando no cantaba, estaba siempre conmigo o en el campo y sólo llevaba agua.

Una interminable espera y me recibe, de nuevo, muy seria: “Cierto, Señora, no era delirium tremens, pero lo siento porque, lo que su marido tiene, es esquizofrenia… Debe de ser usted muy prudente y que él nunca note que usted o sus hijos le tienen miedo… y, sobre todo, vigile que nunca abandone el tratamiento que le vamos a prescribir.” Y el mundo se hundió.

Lo ingresaron en la planta de Psiquiatría y no estaba permitido a los familiares quedarse en esas habitaciones así que me dispuse a pasar una de las peores noches de mi vida, sola, en aquella sala de espera. Pero había leído en alguna parte que la esquizofrenia presentaba una serie de síntomas que jamás había observado en José. Solicité llevármelo a la clínica de pago Sagrado Corazón, a dos minutos del hospital, pero al no estar casados, no tenía derecho a hacerlo. Como un rayo, llamé a un hermano de Paco Díaz Velázquez, que era jefe de planta en ese hospital, y me dijo que no lo moviera de allí y que, mientras él llegaba, pidiera, de su parte, que lo fuera examinando de toda urgencia un médico internista .

Era meningitis. Lo mudaron a la planta de medicina interna y a los pocos minutos vino a disculparse la psiquiatra, muy afectada y nerviosa:“le ha salvado usted la vida; si se hubiera quedado toda la noche sedado y sin la adecuada medicación, la evolución de la enfermedad hubiera sido desastrosa”.

Al día siguiente, tras la visita del equipo médico, me informaron que José estaba atravesando horas cruciales, que fuera a casa a ver a los niños y descansara algo para volver con más serenidad y fuerza. Nunca olvidaré aquellas horas. Pasé un rato con los niños, que se quedaban con las vecinas, y regresé al hospital a esperar. Los antibióticos hicieron un efecto fulminante y a los dos días me dijeron que ya estaba fuera de peligro y, salvo contratiempo, seguiría ingresado allí sólo una semana.

Al enterarse, por el equipo médico, del trance por el que acababa de pasar y recomendarle que durmiera mucho y tranquilo de estar fuera de peligro les respondió: “No quiero ni dormir pa no perder tiempo, de las ganas que tengo de vivir”. Mejoró rápidamente y una mañana, volviendo de desayunar, vi al fondo del pasillo un buen puñado de gente; enfermos y personal del hospital delante de una puerta, mirando hacia dentro, y me asusté cuando advertí que era la habitación de José. Hasta que me acerqué un poco más y pude oír su voz: les estaba cantando Volver, un viejo tango de Gardel.

Se recuperó rápidamente en casa y varias semanas después ya salía con las cabras y, de nuevo, tenía problemas en las Vías Pecuarias. Un par de juicios que se resolvieron, como el anterior, a nuestro favor pero le acarrearon el odio de algunos pelentrines que, como los terratenientes, usurpaban las vereas colindantes a sus tierras. Y la Guardia civil arrimando candela y denunciándolo por pastoreo en fincas privadas, a sabiendas de que se trataba de terrenos de titularidad pública. 

Nadie más que él reivindicaba las vereas y era una lucha desigual; ellos tenían medios y la connivencia de la benemérita y nuestra economía no soportaba tanta factura de abogado y procurador, no podíamos seguir así y se iba a convertir en la tablilla del coto : “No me pidas que reniegue de la razón. ¿Son públicas o no las vereas? Ahí voy a estar, en las vereas, porque me asiste la razón y si me convierto en la tablilla del coto será porque sólo las reses que se escapan enfadan al cazaor… y debo de ser mu buena presa, cuando tengo tantas escopetas apuntándome”

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de | 16/01/2012 · 17:29